jueves, junio 08, 2017

MUSEO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA 01

Continuamos con la historia del Museo Nacional de Antropología (México), con motivo de mi décimo aniversario trabajando en el área educativa de éste.
200 años y más, aprehendiendo la memoria

Si me preguntáis en dónde he estado
debo decir ‘sucede’.
Debo hablar del suelo que oscurece las piedras,
del río que durando se destruye
Si me preguntáis de dónde vengo,
tengo que hablar de cosas rotas
Pablo Neruda
No Hay Olvido

Aprender y aprehender, ya lo sabía el uruguayo Mario Benedetti, son verbos distintos; aprendemos aquello que los otros o la propia experiencia nos enseñan, aprehendemos aquello que apropiamos y volvemos parte de nosotros mismos… Aquello que nos cambia y nos permite ser coherentes.

En realidad, no puede decirse que México se haya distinguido particularmente por su interés en el pasado. Desde algún punto de vista bastante relajado, se puede considerar que los propios toltecas y mexicas hicieron un ejercicio de antropología primitiva al “rescatar” y reivindicar el pasado teotihuacano… Sin embargo, lo suyo fue más la invención de un mito y la apropiación de una identidad inventada, que un intento serio de entender el pasado y aprender de él.
            Esto fue notable sobre todo entre los pobladores de Tenochtitlan, que además de inventarse una historia para sí mismos, hacían lo propio con los pueblos conquistado; imponiéndole un sistema social, nuevos dioses y reescribiendo sus códices, es decir, su historia (véase el mito de las ciudades gemelas impuesto a Tlatelolco).

El periodo de la conquista y la mayor parte de la Colonia se caracterizan mucho más por la mutilación y negación del pasado indígena, que por su conservación o cualquier intento de aprender de él… La mayor parte de la Colonía, queda escrito, hasta has las últimas décadas, para ser precisos, hasta Agosto de 1790…
            El 13 de aquel mes, durante los trabajos de nivelación de la plaza central ordenada por Virrey de Revillagigedo para  “embellecer la capital del Virreinato” fue encontrado el monolito monumental de La Coatlicue y, siguiendo la moda europea, pero ante la carencia de una institución mínimamente museográfica, fue enviada a la Universidad Pontifica para su resguardo (La historia del doble descubrimiento de la Coatlicue ya fue contada, en su momento, en estos bites).
            En Diciembre de aquel año, aún durante las obras de la plaza central, fue descubierta la Piedra del Sol, la cual corrió una suerte muy distinta a la de su predecesora. Debido a la monumentalidad del monolito y a su claramente simétrica estética, los Maestres Mayores de la Catedral solicitaron al Virrey que se les permitiera exhibirla en la Torre Poniente, donde fue colocada para exhibición pública, transformándose así en el primer esfuerzo real de acercar al pueblo de México a su pasado indígena.
            Ya en 1791 aparece la Piedra de Tizoc en el atrio de la catedral y, un año después, la cabeza gigantesca de la Xiouhcoatl, misma que fueron envidas también a la Universidad Pontificia para su resguardo, donde fueron exhibidas junto a la Coatlicue tras su segundo descubrimiento, tal como lo muestran grabamos y óleos de la época.

Tras el triunfo de una de las facciones del movimiento independentista se traslada al mismo patio la escultura de Carlos IV (conocida popularmente como El Caballito), aunque es hasta 1825 que el recinto es nombrado formalmente Museo Nacional (hay un iniciativa anterior, pero la corta duración del periodo imperial de Iturbide  no le permitió concretarla).
            La colección de este embrionario Museo Nacional estaba constituida, además de las piezas ya mencionadas, por objetos provenientes de las excavaciones de la Isla de los Sacrificios y los recuperados durante los viajes de Guillermo Dupaix (realizados a lo largo del país entre 1805 y 1808). La pobreza de esta primera colección debe ser entendida en el contexto de la prohibición casi absoluta a estudiar y exhibir objetos relacionados a las culturas indígenas, impuesta por las autoridades eclesiásticas a lo largo de casi todo el periodo colonial. En la actualidad, el único catálogo completo de aquella primera colección (realizado por Maximilian Frank en 1829) se conserva en el Departamento de Etnografía del Museo Británico.
            Dos hechos influyen claramente en los destinos del Museo. El primero de ellos es el saqueo hormiga que los bienes arqueológicos sufren a manos de instituciones y coleccionistas extranjeros principalmente europeos (como los códices de la colección Bortulini, adquiridos ilegalmente y trasportado a Francia, dónde a pesar de múltiples peticiones diplomáticas y al programa de repatriación de bienes culturales de UNESCO, permanecen bajo custodia de la Biblioteca Nacional de Paris). La segunda es la inestabilidad política de la época, que traía consigo un mínimo interés por el pasado histórico del país y una muy inmediata preocupación por los asuntos actuales y los posibles futuros de los actores políticos.

Es hasta 1831 que por decreto de don Lucas Alamán (Ministro de Gobierno en la administración del general Anastasio Bustamante) se regula formalmente el Museo Nacional, dividiendo sus responsabilidades generales en tres departamentos, a saber; Antigüedades, Productos de la Industria y, con el jardín botánico, Ciencias Naturales.
            La colección del Museo creció considerablemente. Para 1841, además del patio de la Universidad, ocupaba ya una buena cantidad de aulas en la planta alta del edificio, tal cual se registra en el testimonio de Brantz Meyer, diplomático norteamericano que trabaja en nuestro país en aquellos años.

Mario Stalin Rodríguez
Asesor Educativo
Comunicación Educativa
Museo Nacional de Antropología.


Texto de 2009, revisado, corregido y aprobado por el Arqueólogo Felipe Solís, en aquel entonces, Director del Museo Nacional de Antropología.

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