miércoles, septiembre 30, 2015

ENFRENTAMIENTOS

(de la historia como dicotomía)

"Resumen de Historia Nacional:
¡TODOS AL SUELO!
¡ESTÁN DISPARANDO!"
Perich
Desde la Perichferia

Ver la historia nacional como el resumen del enfrentamiento entre dos fuerzas antagónicas (llámense españoles e independentistas, liberales y conservadores, monárquicos y juaristas, científicos y revolucionarios, callistas y cristeros, etcétera) es práctica común, pero, esencialmente, un ejercicio de reduccionismo ingenuo.
            El panorama real, en cualquier momentos histórico, es de una complejidad mucho mayor y el resultado no será el dominio de una fuerza hegemónica por sobra la otra, sino la síntesis necesaria de múltiples visiones del presente.
            Aquí conviene detenernos, se habla de proyectos de presente, no de futuro, no de nación. En el fondo de todo proceso histórico, nos dice Adolfo Gilly, subyace no tanto la visión de cómo deberían ser las cosas, sino (sobre todo) la convicción de que las cosas no pueden seguir estando como son (El águila y el sol; La Jornada 20-11-2010).
            Aceptemos, sin embargo, para fines de este análisis, la existencia de dos visiones (con diversos gradiantes y fronteras no del todo claras): La de quienes prefieren que las cosas sigan como tal, a quienes llamaremos, a falta de un mejor término, conservadores; y la de quienes pretenden ampliar las libertades del individuo, a quienes llamaremos liberales (aunque, dependiendo del periodo histórico y del personaje, se difiera significativamente de qué libertades y para cuáles individuos).
            En esta lógica, tres periodos marcan los clímax de este enfrentamiento; Independencia, Reforma y Revolución. Si bien, en cada uno de ellos los actores tomarán formas, práctica y hasta fondos distintos y, conviene aclararlo, sus motivaciones suelen ser incluso contradictorias.

La revolución de independencia de 1810, si bien con raíces y apoyo popular, es de principio y resultado, la rebelión de la naciente burguesía criolla a fin de conservar los privilegios que las reformas Borbónicas y napoleónicas (sobre todo, la constitución de Cadiz) les arrebataba.
            Si al final los vencedores se ven obligados a conceder prebendas de una libertad acotada a otros actores, como los indígenas y mestizos, es resultado inevitable del proceso histórico en sí; no pretensión ni motivo principal del alzamiento original.

Durante la itinerante presidencia Juarista, con sus leyes de Reforma y su enfrentamiento al otro México gobernado por Maximiliano, es marcada por la visión de quien, influido en buena medida por experiencias en otros países, pretende un Estado moderno, eficaz y rico; y la de quienes gustan de que las cosas estén como están.
            Finalmente, el retorno de los Habsburgo a la corona mexicana, está enmarcado por el afán continuista de quienes sus privilegios ven amenazados. Finalmente, al término del periodo juarista, una nueva clase se hace del poder y nuevos rostros tienen los privilegiados. Finalmente, en el fondo, la desigualdad y la explotación continúan.

La revolución de 1910 será, con mucho, uno de los procesos más complejos de la historia nacional. No sólo el enfrentamiento entre las dos visiones vistas hasta el momento, sino el surgimiento como actor protagónico de quien, hasta entonces, había sido sólo pretexto o carne de cañón; el pueblo, las hordas populares (cuyos botones paradigmáticos serán los ejércitos encabezados por Emiliano Zapata en el Sur y Francisco Villa en el Norte).
            Porfirio Díaz llegó a la Presidencia de la República enarbolando el "sufragio efectivo, no reelección" contra las pretensiones monárquicas de Sebastián Lerdo de Tejada. Llegó al poder con ideas de modernidad y con el ofrecimiento de continuar la obra de Juárez.
            El régimen de Díaz es el gobierno de la contradicción. Muchas de sus leyes seguían el espíritu de las Reforma juarista, incluso su Ley de Baldíos puede ser entendida, en cierto sentido, como la continuación de la desamortización de bienes eclesiásticos.            Sin embargo, la alta jerarquía católica mexicana le apoyaba. Tal vez porque también le apoyaban los señores del dinero y la iglesia católica ha estado siempre ahí donde está el dinero.
            Son precisamente los dueños del dinero, mexicanos o extranjeros, principalmente norteamericanos, principalmente franceses, quienes más se beneficiaron del gobierno de Díaz. Las compañías ferroviarias francesas eran técnicamente dueñas de las vías y de los territorios por donde pasaban; dueñas eran también de la vida de sus obreros.
            Las compañías mineras norteamericanas eran señores feudales en las minas, a ellas pertenecían los hombres que en sus túneles trabajaban y a ellas pertenecía el producto del suelo y el subsuelo mexicanos.
            Dueños de México y los mexicanos eran también los mexicanos, italianos y alemanes propietarios de haciendas en el Norte, centro y, sobre todo, Sur del país. Reyezuelos de latifundios, usufructuando el territorio que la Ley de Baldíos arrebató a la iglesia y, sobre todo, a los pobladores originales de esta tierra.
            Son estos últimos, los indígenas, las víctimas de esta historia. Explotados y esclavizados, vistos como niños que necesitan de la mano dura del padre para aprender. Sus pequeñas rebeliones son sofocadas, sangrientamente, ante la mirada impasible y, no pocas veces, la colaboración del régimen.
            El régimen de Díaz, con sus múltiples contradicciones y las acciones de quienes a la sombra del Poder medraban sembraron su propio fin.
            El descontento popular que finalmente estalló tras las elecciones de 1910 y cuyo accionar encabezó Madero (mismo que después trataría de acallar, mismo que después se tornaría en su contra), no puede entenderse sin los pequeños opositores, los que en distintos territorios trataron de lograr un cambio.
            ¿Cómo entender el descontento popular sin la radicalidad de los Hermanos Flores Magón? ¿Cómo entender la rebelión sin la indignación de los de abajo? ¿Cómo entender la furia sin la sangre derramada?
            La revolución que en Mayo de 1911 derrocó a Díaz no puede explicarse como un proceso lineal; tras la caída del dictador el caos perdurará por no poco tiempo, incluso irá mucho más allá de 1917 (año en que oficialmente termina la etapa armada).

Al final, los vencedores serán, nuevamente, una nueva clase de privilegiados. Si bien las leyes que plasman en la Constitución de 1917 pueden ser consideradas liberales, lo son en función de garantizar privilegios a la nueva clase en el poder y prevenir el regreso de los viejos amos.
            En esta lógica, la nación  que sobre estos cimientos se construye no queda exenta de grandes contradicciones que, al paso del tiempo, se profundizan. De ahí el maximato de Calles, de ahí la necesidad histórica de la expropiación petrolera, las insurrecciones de los ferrocarrileros, de los médicos del Seguro Social, de los estudiantes en 1968…

El pasado se renueva; lo de antes, lo siempre sabido, lo permanentemente igual, cambia. Cada quien con sus tijeras corta y confecciona la historia.
            Desde el la versión oficial, tan plagada de inexactitudes, héroes y villanos; los personajes de la historia nos contemplan. Todos ellos figuras de cartón piedra, acartonados y monolíticos; tan inmutables, tan inhumanos.
            Estas apretadas líneas son un ejercicio de memoria, pero no de la memoria de la versión oficial, pero no la memoria que olvida la sangre. Estas apretadas líneas son un ejercicio de memoria necesaria.
            De la memoria que justifica el presente, de la memoria que nos explica el futuro. En estas líneas hay héroes y villanos, pero ninguno de ellos lo es completamente. En estas líneas no se encontrará la justificación de la dictadura, pero sí su explicación.
            Estas líneas no son el repaso esquemático del pasado; pretenden ser malogrado intento de explicación del presente, de justificación del futuro.
            Son estas líneas, se ha dicho ya, no el tratado histórico pormenorizado en nombres y fechas, sino un ejercicio de memoria. El intento, tal vez fallido, tal vez demasiado apretado, de entender el pasado, para, con su imagen; construir un mañana distinto.
            Un mañana donde el Poder no prescinda de nosotros, donde el Poder se construya desde el no poder, donde el Poder no importe, porque quien mande, mandará obedeciendo.
            Por eso estas líneas no son concluyentes, porque a penas son un prólogo; la introducción al Mundo Mejor, que es Posible.

Mario Stalin Rodríguez

Este texto es una edición/actualización de uno elaborado en Noviembre de 2010. Lo retomo a raíz de la tendencia actual, por parte de los historiadores al servicio del poder (léase, Krauze y su séquito de clones), de reinventar y reivindicar la oscura figura de Porfirio Díaz... Y sí, el dibujo que le ilustra es todavía más viejo, con perdón del reciclaje, pero las responsabilidades sindicales apenas me dejan tiempo de hacer casi nada más.

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