miércoles, julio 15, 2015

críticos y criticados 05

En realidad, en 2004 y años posteriores escribí algunas otras críticas para libros y, a veces, todavía suelo hacerlo (aunque, últimamente, como lo hago por gusto, no son tanto críticas, sino reseñas de libros que sí me gustan), aunque sólo la actual y las dos anteriores fueron sobre textos de, llamémosles así, personalidades reconocidas de la literatura y son, por eso, las únicas que recupero en esta especie de ejercicio de memoria...

LECTURAS QUE DAN MIEDO

Enrique Serna; El Miedo a los Animales; Ed. Joaquín Mortiz; México 2003, PP. 269.

Inicio con aclaraciones; a Serna el lector se debe acercar con pinzas y un dejo de disgusto por sus frases, sobre todo, a partir de su obra más famosa; el El Seductor de la Patria y su patético intento por reivindicar lo injustificable.
            No se trata de sus cualidades literarias (que le faltan), aunque sus personajes resulten simplistas y sus historias llenas de huecos (de ello se habla más adelante). Quede escrito para actas: aquello que más recelo causa del autor son los preceptos de los que parte; ideas preconcebidas y poco argumentadas que no puedo ser compartidas.
            Se inscribe en la escuela de escritores que, de tan realistas y tan alternativos, atentan hasta contra la mínima coherencia narrativa. En ello, que todo hay que reconocerlo, comparte mesa con Aridjis (La Santa Muerte) y Bolaños (Putas Asesinas), además de una retahíla de escritores que siempre es preferible omitir.
            Escuela que se nutre (que es la manera elegante de decir plagia mal) de Vargas Llosa. Literatura pretendidamente realista, pretendidamente cruda y objetivamente deleznable y perfectamente olvidable.
            Para el caso, me quedo con La Ciudad y los Perros, Los Cachorros y hasta con los elogios (imposibles de compartir) hacia Fujimori o el milagro chileno. Puestos a elegir, siempre es mejor el original, aun si sus opiniones políticas son insostenibles y su visión de la realidad demasiado tendiente a la derecha.
            Pero, por supuesto, no son estas líneas el lugar para hablar del autor, sino de su obra (que otra manera de ejercer de coprólogo).

Antes de comentar, escuetamente, la obra; otra consideración general se impone: la referente al género. La novela negra tiene pocos exponentes de lengua castellana y, en la mayoría de los casos, las obras se conforman con ser tristes parodias de la escuela norteamericana.
            Adentrándonos ya en El Miedo a los Animales; la novela se comenta, queda escrito, escuetamente. Para no cometer el pecado de contar la obra en estas líneas me limito a consideraciones generales.
            La primera se impone, la novela es un ensayo de crítica al submundo literario mexicano, en la cual la historia policíaca (supuestamente central) no es más que mero pretexto para que autor deje aflorar todo aquello que, eso es seguro, jamás sería capaz de reconocer en cara de los verdaderos nombres que dan rostro a sus personajes (la escena se antoja ridícula; Enrique Serna llamando prepotente y dictadorzuela a Elena Poniatoska).
            La historia está llena de huecos, para no cansar comento únicamente tres (que no venden, además, argumento alguno):
-El asesinato de un gacetillero que nadie (ni sus más cercanos amigos) lee no podría levantar tal revuelo en el sexenio de Salinas de Gortari (perdón; Jiménez del Solar), época en la que concepto intelectualidad pasó a un cuarto plano en el panorama nacional.
-Fundación Cultural Televisa empezó a funcionar en la década de los 90 (para ser precisos, en 1992); lo que hace imposible que uno de los personaje haya trabajado para un mandamás estadounidense de ella diez años antes del tiempo en que se desarrolla la novela (últimos años del sexenio Salinista -perdón de nuevo; del sexenio de Jiménez del Solar-).
-Entre el surgimiento del EZLN (y, por consiguiente, del Sub Comandante Insurgente Marcos como tema de platica literaria), 1994 y la llegada de Lozano Gracia a la PGR (Procurador de extracción panista), en el mismo año, con la entrante administración de Zedillo (que nunca declaró la guerra ni llevó a cabo acción alguna contra su predecesor o los remanentes de su régimen); no existen los dos años que, según el texto de Serna, trascurren para el protagonista. Para 1996, Lozano Gracia había caído ya en desgracia, debido a los escándalos del Rancho el Encanto, de Chapa y de la Paca (está bien, la obra se publica en 1995, Serna no podía saber que todo esto ocurriría. El asunto es que, si se es incapaz de entender mínimamente el pasado o el presente, nadie debería aventurarse al ejercicio de una prognosis para la cual está negado).

Los personajes merecen la mínima mención; mal construidos y nunca bien justificados. El protagonista y sus antagonistas (tanto su jefe como el asesino misterioso) parecen sacados de una historieta satírica, antes que de la realidad misma.
Para finalizar, comentemos el final (eso sí, sin venderlo). Desde que el émulo de José Agustín es presentado se sabe su destino, por lo que sorprende lo forzado de su planteamiento. Dos y punto y final; pese a la larga cadena de infortunios, los buenos siempre (conviene le resaltado; SIEMPRE) ganan.

Mario Stalin Rodríguez

2004

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