miércoles, julio 08, 2015

críticos y criticados 04

Como ya he dicho antes, en algún momento del pasado (por allá del 2004), me vi ante el reto de comentar críticamente una serie de textos de autores más o menos reconocidos dentro del mundillo literario de México. Queda dicho, también, que tal vez hoy escribiría estos textos de manera distinta, pero con idéntica mala baba, porque, finalmente, el papel dela crítica, siempre me ha parecido, es criticar.

LA MUERTE DEL CUENTO
 
Homero Aridjis; La Santa Muerte. Sexteto del amor, las mujeres, los perros y la muerte; Ed. Alfaguara, México 2003.

Esto es una opinión personal; no verdad universal, ni argumento irrefutable. Es una opinión personal, sustentada en una bibliografía específica y vivencias únicas; nada más, pero nada menos.

La idea es analizar y relacionar los personajes de los relatos de Aridjis con la realidad mexicana, lo que implica, por supuesto, tomar por separado cada uno de los cuentos que componen la antología y analizarlos como estructura única. Esto se hará más adelante, sin embargo; dos cuestiones que interesan a la generalidad de los relatos se imponen.
            Estas cuestiones son la megalomanía (o todo cabe en un relato sabiéndolo desquiciar) y la autorreferencia (o la única persona digna de cita es uno mismo). Lo primero se observa en todos los relatos; todo lo relacionado debe caber en ellos, si se habla del narcotráfico entonces debe haber inclusión de todos los personajes relacionados a tan obscuro submundo, desde el político corrupto hasta la sacerdotisa de la santa muerte (sic), sin importar que esto reste agilidad, coherencia y verosimilitud al relato.
            Si se habla de un fotógrafo viejo, entonces deben caber desde Tina Modotti hasta Willian S. Borroughs (y toda la generación Beat), pasando por los nazis (el escuadrón 201 no se incluyó, probablemente por estar de servicio en el Pácífico). Si se habla de los niños de la calle habrá entonces drogas, resistol, violaciones, perros callejeros extrañamente letrados (de eso se habla más adelante), prostitución infantil, guerras de bandas, corrupción policíaca y etcéteras varios, todo encerrado en el mismo paquete.

La utorreferencia es un ejercicio difícil y, en la mayoría de los casos, de resultados execrables. Condenable si se presenta malograda en donde sea, desde José Alfredo (que me toque otra vez 'la que se fue') hasta Elefante (que toquen otra vez 'el abandonado'), desde el cine comercial holliwodense (tan autorreferente e impersonal, que todo él es ya sintagma fijado) hasta las constantes autoparodias de Wody Allen.
            En literatura, lamentablemente, la autorreferencia es un mal crónico. Se encuentra presente en la poesía beat (para estar ad hoc con Aridjis) y en las novelas de José Saramago. Aridjis no sólo no se salva de tal padecimiento, sino que parece regodearse en su enfermedad.
            En cada relato encontraremos referencias a otros, anteriores o posteriores en el índice. Incluso las frases se repiten (en México hay asesinatos, pero no asesinos) y las ideas y personajes (travestidos asesinos, extranjeros pedófilos y etcéteras infinitos). Incluso las vidrieras de Amsterdant tiene su dosis de repetición (La Calle de las Vidrieras podría haber sido escrito por Adrián, personaje de El País de los Diablos).
            El punto máximo del ego se encuentra en utilizarse a sí mismo de epígrafe; El perro es el único animal que vive con su dios, pero ningún perro ha imaginado su paraíso.

Las anteriores son consideraciones generales que pueden ser observadas en todos y cada uno de los relatos; estos, tomados individualmente y analizados únicamente por sus personajes, ofrecen no pocos bemoles.

La Santa Muerte
¿Cuántos personajes aparecen en este relato? La única respuesta posibles es, ya se ha sugerido; Todos, o casi. Están aquí el general encargado de perseguir narcos, convertido en triste pelele de los capos, el obispo coludido con el crimen organizado (¿para qué hacerlo triste obispo de una triste arquidiócesis? El Nuncio Apostólico debe sentirse muy devaluado), el político corrupto (no, en realidad no es reflejo de ninguno real, sólo una triste caricatura del ridículo estreotipo que Aridjis tiene de un político corrupto. Que lamentable desperdicio de licencias literarias). Están todos, amontonados y mal planteados.
            Esto debió entrar en la sección de consideraciones generales. En todos los relatos los personajes están mal planteados y pésimamente construidos. En la fiesta todo mundo habla como egresado de alguna carrera universitaria (probablemente Letras Hispánicas, Antropología o alguna rama similar), sin importar si es pistolero, gatillero, capo, político, obispo, puta o periodista (la apoteosis; un narco que no ha abierto un libro en su vida, contando chistes sobre Lolita y Navocob).

Una observación que poco tiene que ver con los personajes. Haciendo caso a datos manejados por investigadores y periodistas; el fenómeno del narcosatanismo (sic), es decir; la relación entre narcotráfico y rituales paganos (omitiendo, por supuesto, a Jesús Malverde, que hasta su capillita y rito público tiene) es, en realidad, privativo de grupos pequeños y de escasa influencia.
            La mayoría, si no es que todos, los capos importantes de México (la DEA dixi) son profundamente católicos y, de hecho, persiguen y aniquilan a las pequeñas bandas de fanáticos de ídolos falsos que incursionan en el mercado de la droga.
            Es decir; la figura de la Santa Muerte (rito, por otro lado, hsata tiempo recientes, prácticamente exclusivo de ciertos barrios de la ciudad de México) nada tendría que hacer en este u otro relato (El País de los Diablos), ni mucho menos el ritual de sacrificio humano pésimamente descrito y ambientado al más puro estilo de película serie B.

Inventando el Pasado
El relato, en realidad, tiene tres personajes; el fotógrafo, su esposa pintora y el periodista (que debe trabajar para un periódico del País de Nunca Jamás, pues pese a recibir llamados de urgencia por parte de su editor desde Noviembre, para Febrero sigue con la nota biográfica inconclusa); aunque los dos primeros parecen confundirse y del tercero sólo sabremos de su existencia (pese a ser el narrador) hasta el segundo capítulo (su profesión se revelará hasta bastante avanzado el relato y mucho después el motivo de su presencia en la escena).
            Mucho no hay que decir que no se haya sugerido ya; el pretendido retrato de una intelectualidad exiliada y decadente se pierde en escenas de patetismo senil.
            Pero eso sí, de nuevo; todos están ahí: Diego Rivera, Borroughs, Modotti, Kalo, los nazis; todos hacen su fugaz o trascendente aparición; incluso el terremoto de 1985 y la amenaza intangible que corrió a los dos hermanos en La Casa Tomada de Cortázar; presentada en forma de toldos de plásticos de colores en las ruinas de un edificio.

Los personajes no se justifican ni a sí mismos ni mucho menos a los ojos del lector. Ridículas parodias de personajes secundarios de un relato inexistente en el cual, la ciudad sería necesariamente la protagonista única.

Una Condición Excepcional
No me detengo demasiado, el relato es una forma demasiado rebuscada de contar un chiste viejo: ¿Cómo matas a un argentino? Lo subes hasta la punta más alta de su ego y lo dejas caer.
            Para el caso, me quedo con el original; con la ventaja adicional de ser corto.

El Perro de los Niños de la Calle
De nuevo todos están aquí; cualquier individuo que por casualidad se cruce en el mundo de los niños en situación de calle encuentra en este relato su ridícula caricatura, su exagerado reflejo. Se exagera la repugnancia y la indiferencia, como se exageran también la miseria y la solidaridad y los golpes que entre ambas, más la realidad, propina a estos niños.
            Todo en el relato es patético, las historias, los personajes y hasta los escenarios; movido más por el deseo de causar lástima que por el de motivar una reflexión válida por necesaria, Aridjis se deja llevar, de nuevo, por el patetismo.

Los personajes son falsos (desde el perro narrador en primera persona, hasta el travestismo forzado de un Toloache increíble). Nada en su lenguaje revela su condición; la dueña del perro (recordemos, una infante prácticamente analfabeta) incluso sabe que la Plazoleta de San Diego fue, en algún momento, quemadero de la inquisición; dos personas que salen de una noche de opera en Bellas Artes son capaces de mantener dos páginas de un diálogo plagado por completo de lugares comunes.
            Ni la ciudad retratada en las excesivas páginas es real; quien suponga que existen letreros de fuera de servicio para los relojes del trasporte subterráneo de esta ciudad, es porque nunca ha viajado en sus atestados o pretendido checar la hora en un reloj capaz de marcar las 33:70.

El relato parece una combinación de La Vendedora de Rosas (Colombia, 2000), película también rebósate de patetismo inútil; y la serie televisiva Vida de Perros (tan mala que no logró pasar de la primera temporada).

Las Calle de la Vidrieras
Tampoco en éste me detengo demasiado; para descripciones de Amsterdant y sus costumbres (el barrio rojo incluido), prefiero la hecha por Vázquez Montalbán en Tatuaje (Ed. G.P., España 1976), de la serie de Pepe Carvallo.
            Para pintores que dan un nuevo sentido a su vida, a determinada y larga edad, prefiero el Manual de Pintura y Caligrafía de Saramago (Ed. Alfaguara, México 2000).

El País de los Diablos
Prefiero terminar estos párrafos pronto; así que dejemos el análisis de este relato en las preguntas que de su lectura surgen. ¿Todo creador original debe ser, además, un depravado? ¿Todo travestido debe ser, además, pedófilo y asesino? ¿La estatua de la Santa Muerte de la casa del anticuario era la misma que la del altar pagano de la mansión del narcotraficante de un relato anterior? ¿qué tiene que ver una actriz porno holandesa con todo esto?

Mario Stalin Rodríguez
2004

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