jueves, noviembre 20, 2014

LA MISMA VIEJA CANCIÓN

del Estado, sus responsabilidades y viejas respuestas

No debería sorprendernos, al final; no conocen otra respuesta.
            Desde un principio fue evidente que la administración federal no tenía la más remota idea de cómo lidiar con la desaparición de los 43 normalistas en Iguala, Guerrero, ni con la protesta social que en torno a ésta surgió... Sus primeras reacciones fueron en el sentido de siempre; minimizar el hecho, intentar responsabilizar a las víctimas del crimen, coptar a quienes protestaban, ofrecer en sacrificio algunas cabezas pequeñas (Aguirre, Abarca, los presuntos “guerreros unidos” capturados hasta el momento) y cerrar el caso con una historia claramente falsa, pero que pudiera ser comprada por los medios de comunicación.
            Nada de ello les funcionó...

A cada nuevo intento oficial, la respuesta callejera crecía y su sentido era claro; “Fue el Estado”.
            Tanto más, las reacciones a los intentos oficiales de dar carpetazo iban siempre en sentido contrario al que ellos esperaban. Tanto así que a la conferencia de prensa del Procurador Federal le siguieron no lágrimas de resignación y luto por parte de los familiares, sino una marejada de análisis que demostraban los errores, omisiones, contradicciones y falacias descaradas que conformaban el cuerpo principal de la versión oficial... Hasta que, final y literalmente, ésta quedó bajo el agua.
            De hecho, a nivel internacional (lo que duele más a un gobierno tan preocupado por su imagen en el extranjero), la prensa se centró más en la desafortunada frase del cansancio de Murillo Karam (no se descarte que, siguiendo la misma táctica, sea la suya la próxima cabeza en ser ofrecida como placebo).
            El siguiente paso en su gastado guión fue desviar la atención, criminalizando la protesta.

Los primeros intentos fueron demasiado groseros.
            El incendio de una unidad del Metrobus capitalino mientras sucedía una de las más grandes manifestaciones que se han registrado en la historia reciente de México. El extrañísimo intento por un grupo de encapuchados de quemar las puertas del palacio de gobierno... Los montajes fueron tan pueriles que incluso la prensa más oficialista se vio obligada a hablar de “provocadores” y “posibles infiltrados”.
            Debió ser e4vidente para ellos que algo no estaba funcionando, pero tienen tan enraizado el guión que sólo pudieron seguir... La policía capitalina, en un absurdo intento de enfrentar a la población de la ciudad de México con los manifestantes, empezó a cerrar el tráfico en arterias importantes en horas pico, a suspender el servicio en el trasporte público masivo (metro, metrobus), aludiendo supuestas manifestaciones o bloqueos que no existían.
            La reacción mayoritaria, sorprendentemente, fue criticar la actuación de las autoridades de tránsito y la policía capitalina y no enfrentarse a los manifestantes.
            A ello le siguió el patético montaje ocurrido en Ciudad Universitaria.
            La provocación fue tan evidente que incluso el rector de la UNAM se vio obligado a enfrentarse (de dicho) con las autoridades capitalinas y éstas a reconocer lo desafortunado de su accionar. Así, una acción encaminada de origen a justificar la presencia de la fuerza pública en los terrenos de la universidad, encontró su epílogo en el propio Secretario de Gobernación llamando a respetar la autonomía universitaria.
            Pero no conocen otra canción...

De pronto, tanto los funcionarios como las figuras políticas cercanas al partido en el poder y los periodistas más oficialistas, empezaron a hablar de “intereses oscuros” y la “mano negra” detrás de las protestas... Como si fuera el montaje de una pieza de baile (y es que, bueno, era un montaje), en menos de una semana todas las voces del poder hablaban de lo mismo.
            El primero fue uno de “periodistas” más cercanos al régimen. En un supuesto acto de “honestidad” y “contraviniendo” la política editorial de la empresa en la que labora, presentó un video de “indignación” en las redes sociales, en el cual daba por buena la versión oficial y sugería “sutilmente” la relación del principal líder opositor con lo ocurrido en Guerrero.
            Acto seguido, una “analista” del partido en el poder publicaba una nota que veía “la mano” de este líder opositor en las protestas y sugería “sutilmente” que éstas estaban encaminadas más a minar la presidencia de Enrique Peña Nieto, que a exigir justicia para el caso de los normalistas desaparecidos.
            El propio ocupante de los Pinos, a su regreso de una gira internacional (ignorada por la prensa del orbe, salvo por las críticas que se le hicieron), habló de “intereses oscuros” que se “aprovechaban del dolor” para “socavar su proyecto de nación” (sic)...
            Todo ello enmarcado en la declaración de que “el Estado no dudará en utilizar su fuerza para terminar con la violencia”.

El mensaje parecería ser claro; “detengan las protestas o utilizaremos la fuerza del estado para detenerlas”.
            Es decir; ante la demostrada incapacidad del gobierno para dar respuesta a las demandas sociales, el siguiente paso de su guión es atemorizar a los manifestantes para ocultar de la vista del mundo la creciente indignación social.
            Es una táctica que le ha servido en el pasado... El asunto aquí es que, como rezan las pancartas callejeras; nos han quitado tanto, que hemos perdido hasta el miedo.


Mario Stalin Rodríguez

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