jueves, septiembre 04, 2014

INFECCIÓN

Al principio no se le dio la mayor importancia; se consideraba que era producto de pautas culturales arraigadas en ciertos grupos humanos. Incómodas y agresivas para ciertos integrantes de estos, pero, finalmente, parte de sus costumbres y que, por lo tanto, debían ser respetadas por más extraña que pareciera a los ojos de las sociedades civilizadas.
            Sin embargo; pronto fue evidente que, mucho más que el comportamiento de ciertos individuos en ciertas sociedades, se trataba de un fenómeno presente en todo el mundo, cuyas proporciones podían ser calificadas fácilmente de “pandemia bíblica”. Todos los países, en mayor o menor número, pero sin excepción, mostraban casos de lo que en poco tiempo fue bautizada por los medios de comunicación como “la Plaga del Fin del Mundo”.
            El nombre clínico fue acuñado en la península ibérica; “Narcolepsia Selectiva del Transporte Público”; quienes la padecían, principalmente varones a partir de la adolescencia, aunque la infección de mujeres de las mismas características no era extraña, aparentemente en perfecto estado de salud y sin ningún padecimiento o limitación física evidente, que por causas desconocidas, cuando hacían uso de cualquier trasporte público masivo (como autobuses o el tren subterráneo) y se hallaban sentados, experimentaban un repentino ataque de narcolepsia o ceguera selectiva si el vehículo o vagón era abordado por mujeres de cualquier edad, principalmente si estaban embarazadas o cargando a un infante o bolsas voluminosas, personas de cualquier género de avanzada edad o usando muletas y bastones.
            Cuando alguien como los enlistados se encontraba en las cercanías de algún infectado, éste se dormía inmediatamente o, de alguna manera, lograba bloquear su visión selectivamente y seguía platicando con su acompañante (quien, probablemente, también padeciera la enfermedad) o leyendo o escuchando música o cualquier otra actividad que estuviera realizando. Si la persona detonante o un tercero señalaba el comportamiento al infectado, la reacción de éste podía variar desde la fingida indiferencia, pasando por la “respuesta cínica deficiente” (lo que hacía evidente que la enfermedad afectaba las capacidades mentales, disminuyendo el Coeficiente Intelectual del enfermo a niveles propios de organismos unicelulares), hasta la agresión física para defender el asiento ocupado.
            Países como Alemania o Estado Unidos atribuyeron la propagación de la enfermedad a la inmigración proveniente de países latinoamericanos, árabes y africanos. Una de las primeras medidas de contención establecidas fue, sorpresivamente, cerrar sus fronteras y autorizar el uso de fuerza letal contra quien intentara cruzarlas ilegalmente. Pero pronto fue evidente que, de hecho, era en la población más recalcitrantemente xenófoba entre quienes con mayor incidencia se presentaba la infección (una hipótesis es que el racismo y la xenofobia exacerbados son un síntoma de la disminución del Coeficiente Intelectual causada por la enfermedad).
            Otras medidas de contención más específicas también fracasaron. El establecer vagones del subterráneo, áreas de los autobuses o vehículos exclusivos para mujeres, niños, adultos mayores y discapacitados físicos, si bien logró contener a los infectados varones en alguna medida, sólo logró aumentar exponencialmente la violencia de las mujeres infectadas que hacían uso de estos y la degradación intelectual de los varones que lograban colarse o incluso en los vehículos y áreas no restringidas...

Cuando todas las medidas de contención habían fracasado y el futuro de la humanidad se daba por perdido, la solución (que no la cura) provino de un país de Latinoamérica.
            A iniciativa de la recién electa gobernante de una ciudad, se establecieron brigadas de fotógrafos que viajaban, debidamente identificados, en todos los trasportes públicos. Cuando alguien manifestaba los síntomas de la infección, estos procedían inmediatamente a fotografiarle de manera que su cara fuera claramente identificable. Todos los autobuses y vagones del subterráneo contaban con monitores que, inmediatamente, mostraban los rostros de los infectados al resto de los pasajeros.
            En un principio, la medida pareció aumentar el grado de violencia en la respuesta de los infectados, pero ya que estos no eran directamente interpelados (para evitar un posible contagio por contacto físico), sino mostrados en monitores debidamente protegidos contra ataques, sus arranques duraban poco, hasta que abandonaban el trasporte, muy probablemente, mucho antes de su destino.
            Los incidentes bajaron rápidamente en la ciudad, lo que provocó que medidas similares fueran adoptadas a lo largo de todo el orbe; al grado en que, actualmente, sólo se presentan incidentes aislados de vez en cuando.
            Algunos medios triunfalistas pretendieron declarar el fin de la pandemia, sin embrago; la Organización Mundial de la Salud estableció que, si bien la exhibición pública parecía controlar los síntomas externos de la enfermedad, no la curaba; pues experimentos controlados en ambientes libres de cámaras y monitores, demostraban que los infectados volvían fácilmente a su comportamiento anterior, por lo que conviene no relajar la vigilancia.

Aún en la actualidad, existen algunos grupos presuntamente de izquierda, que aseguran que la enfermedad nunca fue tal, sino in invento de los gobiernos para establecer un sistema de vigilancia fascista que impide a los ciudadanos sanos de cualquier género y edad, su derecho a usar los asientos de los trasportes colectivos, aún en presencia de mujeres embarazadas, cargando un infante o bolsas voluminosas, adultos mayores o personas con discapacidades físicas.
            Otros grupos, más asociados a la derecha, afirman que todo esto fue una maniobra de los lobbys “feminazis, terroristas de izquierda”, que pretenden coartar la libertad de los varones, sumergiendo a la sociedad en un régimen stalinista, muy similar al de la extinta Unión Soviética.
            El criterio médico aceptado, establece que ambas posiciones son producidas, evidentemente, por la disminución de la inteligencia propia de quienes padecen la enfermedad.


Mario Stalin Rodríguez

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