jueves, septiembre 10, 2026

SEXTIEMBRE 2026 03

 Pues venga, que el tiempo pasa inexorablemente y el Sextiembre avanza, así que tiremos dados:


Juguetes...

RECUERDOS


Hacía tiempo que no veía aquellas cosas.

            Será que hacía tiempo que no venía a la casa paterna... Hace tantos, tantos, tantos años que salió dando un portazo, entre sus lágrimas y los gritos paternos que juraban ya no tener un hijo... “Nunca lo tuviste”, recuerda haber pensado entonces; “siempre fui quien soy, sólo que no sabía nombrarme”.

            Se ve en el espejo del cuarto de su infancia y alisa una arruga inexistente en su falda tal vez demasiado pequeña (“tal vez una provocación un poco infantil”, se dice a sí misma).

            Pasa la vista por la habitación y reconoce cada cosa; las figuras de acción, los robots, los balones, las armas falsas, los automóviles, videojuegos y etcétera que tanto le aburrían y que su padre le regalaba cada tanto... “No era maldad”, se recuerda; “sólo ignorancia... Y a veces se parecen tanto”.

            Le sorprendió recibir aquella llamada... Le costó tanto reconocer aquella voz tímida, tan distinta a la estridencia y seguridad con la que siempre le hablaba. Y tal vez fue ese estupor lo que la llevó a aceptar que le volviera a llamar otras veces.

            Y fueron llamadas y mensajes inseguros; torpes. Le preguntaba por su día a día, por su salud y le platicaba de sus cosas... Siempre tanteando, se notaba tanto que le costaba llamarla en femenino y por su nombre. Incluso le daba algo de ternura reticente; tal vez fue por eso que finalmente aceptó reunirse con él después de tantos años.

            Sigue paseando su mirada a través de la habitación; nada ha cambiado desde que abandonara esta casa, se dice... “Lo que le da un sentido bastante enfermizo a la nostalgia familiar” se dice con una sonrisa cínica. Aunque, ahora que lo piensa, hay algo extraño en el cuarto.

            Al principio se veían para tomar un café o comer algo. Le sorprendió tanto verlo tan derrotado, tan disminuido; como si la vida se hubiera empeñado en deshacer la imagen que de él mismo se había construido. Debe ser por eso que al final aceptó ir a la casa paterna (“está tal cual la recuerdas”, le había dicho) y presentarle a su novio.

            Cuando mira la cama otra vez, ahora con detenimiento, se da cuenta de lo que ocurre; ahí, entre las almohadas y sábanas, en un lugar de honor, están las “barbies” piratas que compraba a escondidas. Con vestidos relucientes y arregladas de cualquier descompostura que pudieran haber sufrido cuando su padre las descubrió hace tantos años (lo que desencadenó la serie de desencuentros que, finalmente, la llevó a abandonar la casa paterna).

            “Tal vez”, se dice, “el cambio duele y tarda... Pero a veces llega”. Y sigue recorriendo con nuevos ojos su vieja habitación, ahora ve los cambios; en las paredes están colgados los posters de la “música para niñas” que escondía bajo la cama, sobre el escritorio, perfectamente ordenadas, las revistas “para niñas” que su padre había roto en uno de sus ataques de ira (“debió costarle mucho tiempo encontrar los números precisos”, se dice, “pobre; ya ni me gustan esas cosas)... Cambios sutiles, ¿pero significativos? Se pregunta.

            “¿Vienes?” Le dice una voz masculina desde la puerta del cuarto; “tu padre dice que la cena ya está lista”.

            Ella sonríe y lo besa con coquetería... “Si las cosas marchan bien”, le dice, “un día vendremos a usar esta cama para lo que debí usarla hace tantos año”.

Mario Stalin Rodríguez

Más de estas cosas, más adelante.

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