miércoles, abril 21, 2021

PERDIDES (y encontrades)


Para Lucio y Mauro

Imaginen que, de pronto y por cualquier razón, se encontraran en medio de una selva que jamás fue tocada por la civilización, poblada por dinosaurios y animales parlantes, una ballena que sirve de transporte y un erizo que se dedica a vender petróleo.

            Sin contacto con otras personas, se ven obligados a reinventar todo desde cero; lo mismo la televisión que la ropa, sin más recursos a su disposición que piedras y algunas lianas.

            Afortunadamente, la región está llena de cuevas que les sirven de refugio a ustedes y a otros habitantes del lugar, como el señor Triceratops que vende un delicioso jugo de liana o el lagarto que les proporciona ciertas herramientas hechas, por supuesto, sólo con ramas.

            Y ya que estamos imaginando, imaginen que esta selva se encuentra custodiada por unos seres extraños que nunca se internan en ella, pero la rodean atentos y que, si alguna vez les descubrieran ahí, los expulsarían y les prohibirían para siempre el regresar.

            Toda una aventura, ¿verdad?

 

Cuando su mamá y nosotros éramos pequeñes, tan pequeñes como ustedes y desde un poco más pequeñes que ustedes y hasta un poco más viejes que ustedes ahora, pasábamos muchas de nuestras tardes en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la ENAH, en donde su abuela Tere trabajaba.

            Ello porque la escuela terminaba temprano (a las 12:30 del día) y, sin nuestro padre en casa y sin la posibilidad de pagar a alguien para que nos cuidara, su abuela Tere consideraba que tenernos en su trabajo era una manera de mantenernos vigilados para que, por ejemplo, no incendiáramos la casa tratando de cocinar nuestra comida.

            Pero la tarde es larga y no siempre es fácil mantener a unes pequeñes quietes en una oficina, mucho menos en tiempos anteriores a las computadoras, celulares y tabletas... Así que dejábamos a su abuela Tere trabajando en sus cosas y recorríamos la ENAH.

            Entrábamos a los salones vacíos y jugábamos a ser maestres y alumnes, cazábamos chapulines, tallábamos obsidianas, visitábamos a compañeres de su abuela en el taller de impresión, el área de Servicios Generales y otras oficinas.

            Jugábamos con otros niñes que, como nosotres, acompañaban a sus madres al trabajo... Y, sobre todo, jugábamos en la Región Prohibida.

 

En la parte de atrás de la ENAH había, y hay todavía en estos días, una pequeña área de reserva ecológica. No es muy grande, a lo mucho un rectángulo de unos 80 por 30 metros (esto es, si recuerdo el asunto de las matemáticas en primaria, un perímetro de unos 320 metros y un área de unos 2,400 m2), pero para unos pequeñes eran todo un mundo.

            Le llamábamos “Región Prohibida” porque para llegar a ella era necesario cruzar a través del área de los laboratorios de hosteografía (donde estudiaban los huesos), un largo pasillo sin ventanas al que, además, se supone que no teníamos permitido el acceso. O cruzar a través de las entradas de vehículos al auditorio, dos rejas metálicas que debíamos pasar pisando una pequeña barra y agarrades a los barrotes. O bien a través de la trave del ventanal de la dirección de la escuela (que, afortunadamente, casi siempre tenía las cortinas cerradas).

            También le llamábamos así porque, obviamente, al ser un área de reserva ecológica, no se supone que unes niñes anden correteando y peleando con “espadas” de ramas por ahí... Lo que tiene su lógica, porque hablamos de una zona de pedregal en la que podríamos habernos caído y herido o roto algo y sin nadie que nos vigilara aquello podría haberse puesto difícil; afortunadamente nunca pasó nada de eso.

            Y le llamábamos así porque si alguna persona nos descubría ahí, sobre todo si esta persona era, por ejemplo, algún policía de los que cuidan y vigilan la escuela; nos sacaban de ahí, nos regañaban y nos llevaban con su abuela, a quien también regañaban.

            Y le llamábamos así, principalmente, porque a su abuela Tere no le gustaba que jugáramos ahí; no sólo por el asunto de que nos pudiera pasar algo o de que nos regañaran y la regañaran, sino porque jugábamos entre tierra, piedras, plantas y resina vegetal, aquello dejaba nuestra ropa en estado lamentable (y recuerden que llegábamos a la ENAH después de la escuela, por lo que traíamos el uniforme que, además, teníamos que usar al otro día... Lo que ya era malo en cualquier día y peor los Lunes, porque esos días usábamos uniforme blanco, que definitivamente no se lleva bien con la tierra, las piedras, las plantas y la resina vegetal).

            Le llamábamos la Región Prohibida y a ésta íbamos a perdernos, a vivir aventuras con una ballena que no era sino una gran roca volcánica y un erizo que era sólo una planta quemada, a pelear con espadas que eran simples ramas que manchaban nuestras manos y ropa de resina vegetal.

            Ahí nos perdíamos por horas, “hablando” con dinosaurios parlantes que sólo eran voces en huecos vacíos entre la roca volcánica y “habitando” cavernas que sólo eran pequeños techos de roca, atravesados por lianas y raíces.

            Ahí nos perdíamos y éramos felices por horas... Hasta que llegaba el tiempo de ir a casa a comer y hacer tareas, a ser regañados por lo sucio de nuestros uniformes y a dormir, para al otro día ir a la escuela y regresar a la ENAH y aburrirnos junto al escritorio de su abuela Tere, para explorar la ENAH y, si había suerte, perdernos en la Región Prohibida.

 

Y así crecimos, su mamá y nosotros, perdiéndonos y encontrándonos.

            Y así crecimos, su mamá y nosotros... Y la vida nos llevó lejos de la Región Prohibida, pero seguimos perdiéndonos y encontrándonos en cada parte de nuestras vidas. Y seguimos inventándonos mundos nuevos para perdernos y encontrarnos en ellos, no sólo como hermanes que sólo comparten un apellido, sino como exploradores, como cómplices, como compañeres.

            Y será que de eso se tratan todas estas palabras y el ir creciendo, de seguir encontrándonos como hermanes, exploradores, cómplices y, sobre todo, compañeres.

Mario Stalin Rodríguez.


Texto escrito por petición de mi hermana Teresa, para el "Libro de la Familia" del colegio en el que estudian mis sobrinos.

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