miércoles, febrero 01, 2017

HORARIO DE OFICINA

A eso de las 11:32 entra al baño.
            Dejó los pendientes sobre el escritorio y el computador encendido, se echó una pastilla de menta y subió por las escaleras; para dos pisos, se dijo, no valía la pena esperar un ascensor que, seguramente, iría saturado.
            Al abrir la puerta se percató de que dos mujeres hacían uso del servicio, una maquillándose en el espejo de cuerpo entero que sólo en ese piso tienen y la otra en el retrete de la puerta con el pasador descompuesto.
            Mientras esperaba que ellas salieran, saludó a una conocida en una oficina cercana y le pidió una de las sillas de los escritorios vacios; para sentarse a arreglar un problema en su blusa sin tener que hacerlo en un retrete, le dijo.
            A eso de las 11:32, después de que las dos mujeres salieran, ella entra al baño.

Coloca el cartel de “descompuesto, baje al siguiente piso” y echa el seguro a la puerta.
            Se va desvistiendo pausadamente, colocando sus ropas cuidadosamente sobre el mármol de los lavabos, procurando que no se moje. Saca un paño de su bolso y lo coloca sobre el asiento de la silla prestada y coloca ésta frente al espejo de cuerpo entero que sólo en ese piso tienen.
            Se sienta esperar, desnuda, mirando el twitter en su celular.

A eso de las 11:41 escucha tres golpes, un silencio y tres golpes en la puerta.
            Llevan ya tres meses.
            No sabe su nombre ni le interesa, cree que lo ha visto en contabilidad, dos pisos arriba y cuatro oficinas a la derecha, pero no podría asegurarlo... Y, finalmente, tampoco le importa demasiado.
            Él, a veces, ha intentado indagar sobre ella; su nombre, puesto o, por lo menos, en qué oficina y piso trabaja... Ella, obviamente, responde con evasivas mientras lo siente entrar en sus humedades.
            Hace dos semanas que no pregunta. Por eso hoy ha decidido premiarlo, haciendo aquello que sólo una vez, hace casi un mes, él le pidió tímidamente y retiro la propuesta tan rápido como se sonrojaba.
            A eso de las 11:41 ella abre la puerta.

A las 12:13 ella regresa a su escritorio, sonriendo...


Mario Stalin Rodríguez

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