EPPUR SI MUOVE
El río discurre lento, casi estático; sobre
su superficie podrían edificarse grandes edificios. De hecho, es probable que algunos
se hayan erigido... En algunas regiones de la ciudad la vera del río puede
fácilmente confundirse con el caudal, tanto más, es probable que el segundo sea
un terreno más estable.
La
ciudad crece a los márgenes del río. Mejor dicho; las ciudades. En un lado
crece la ciudad de los ricos y los opulentos, en el otro, la de los marginados...
Y, conforme crecen, ambas se van confundiendo, borrando sus límites. La ciudad
crece, recibiendo a todos, integrándolos, transformándolos; al menos tanto como
ellos van transformando a la ciudad.
Y
en la universidad; más específicamente, en la biblioteca, una mano que parece
un guante de piel acaricia un libro, tranquilizándolo... “Ook, ok oooook”,
murmura; cantando.
A
lo lejos, en las montañas, las brujas cambian a la gente... No, no las
transforman en batracios u otros animales, al menos no siempre, casi nunca; no
si no las hacen enojar. Las brujas cambian a la gente de la mejor forma en que
pueden ser cambiados, cambiando sus mentes para cambiar el mundo.
En
otra región, los pequeños hombrecitos azules decidieron no tener más amos... Y
andan por la tierra protegiéndola, a su manera, pero protegiéndola... Y qué importa
el robo de unos cuantos cientos de ovejas (materiales de construcción,
herramientas, quesos y cualquier cosa que brille, en general), si han salvado
el mundo más de una docena de veces (aunque, justo es decirlo, la mayoría de
ellas ha sido sin quererlo y otras en contra de su voluntad... Y de la del
mundo).
El
mundo... El mundo vuela por el espacio sobre los lomos de cuatro elefantes
parados sobre el caparazón de una tortuga... El mundo vuela por el universo y
sólo la tortuga sabe hacia donde y con qué propósito.
Lejos,
en un lugar que no es ningún lugar, en otra biblioteca, él sostiene un gato
mientras mira el mundo moverse por el universo. En la habitación contigua,
millones de relojes de arena de todos los tamaños continúan vertiendo su
contenido... Y él, el mira el mundo, sonríe y acaricia su gato.
Y
la tortuga... La tortuga se mueve...
Mario Stalin Rodríguez
In Memorian
Terry Pratchett
Porque nos enseñó que los cuentos no se escriben para decirnos que los monstruos existen, sino para enseñarnos que pueden ser vencidos.
Etiquetas: in memorian, tratado sobre la necedad
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