jueves, febrero 05, 2015

TIMIDEZ

Lo curioso es que, en general, en su vida diaria era más bien tirando a reservada.
            Pocas parejas había tenido en su no demasiado larga vida y, cuando llegaba el momento de hacer el amor con ellos, siempre fue de noche, con las cortinas echadas y la luz apagada.
            Tampoco vestía estrafalariamente, ni siquiera cuando aún se podía; sus ropajes eran siempre normales y casi recatados. Faldones largos, casi hasta los tobillos, pantalones no demasiado estrechos, camisas sin escotes, etcétera... Ni siquiera se maquillaba demasiado, acaso algo de rímel, una sobra discreta en los ojos y un lápiz labial discreto.
            Y no tenía una de esas bellezas que hace voltear a los hombres y mujeres por las calles; era solamente una mujer anónima que caminaba por las calles sin llamar la atención.
            Tal vez, si había tiempo y confianza, podrías mirarla a los ojos y encontrar en ellos una chispa en el fondo. Si el ángulo era correcto y aquella tarde hiciera calor, con un poco de suerte, podrías llegar a apreciar el lunar que tenía justo por arriba del nacimiento de su seno izquierdo... Pero eso era sólo si había tiempo y te fijabas lo suficiente.
            Mucho menos era participativa, en el colegio siempre fue de las más calladas; la sola idea de hablar en público le aterraba. Su voz era más bien apagada y su risa discreta. Incluso enojada, casi nunca gritaba y, cuando lo hacía, se arrepentía al instante.
            Por regla general, queda escrito, era más bien tirando a reservada.

Entonces, llegaron las prohibiciones.
            Es difícil saber el momento exacto en el que empezaron, más bien fueron instalándose de a poco. Primero se restringió el acceso a ciertos contenidos en la red, tal vez se dijo que era para combatir la piratería intelectual o alguna cosa por el estilo.
            Después, como una medida para fomentar la tolerancia y el respeto, se prohibió la difusión de imágenes y textos que hicieran mofa de religiones y figuras públicas. De ahí a restringir la circulación de aquello que “ofendiera” los sentimientos religiosos de algunos colectivos hubo un paso corto... Y la religión, se sabe, se ofende casi por cualquier cosa; sobre todo si en ello está implicado el cuerpo femenino.
            Y las medidas seguían y cada vez eran menos pequeñas, pero siempre por razones superiores.
            Para “mantener el orden y el decoro” en las oficinas públicas, escuelas y centros de entretenimiento, se ordenó prohibir en estos inmuebles las faldas demasiado cortas, los pantalones muy entallados y, por supuesto, los escotes pronunciados en pecho o espalda.
            Pronto, para “proteger a las mujeres del acoso callejero”, estas prohibiciones se extendieron a la vida toda, a cualquier lugar y, en general, a las calles... A este paso, decían algunos, para asegurar la libertad de la mujer, será necesario que permanezca en burka, embarazada y amarrada a la mesa de la cocina.
            Pero, fuera de estos chistes, no se hacía gran cosa... Por que las medidas eran siempre por razones superiores y motivos loables y cualquier crítica a éstas eran inmediatamente acallada con preguntas del tipo “¿acaso no cree indispensable mantener el orden y el decoro en los edificios públicos?” o “¿acaso está en contra de que el Estado haga todo lo que está en sus manos para proteger a las mujeres del acoso diario?”.
            Obviamente, las medidas fueran acompañadas siempre de otras, no dirigidas específicamente a las mujeres y para las cuales también se esgrimían razones superiores. Restricciones a las manifestaciones públicas, mayor control sobre la opinión y noticias de la prensa... Siempre para “asegurar la libertad, el respeto y los derechos de todos los ciudadanos”.

Y ella, que siempre había sido tan recatada, se encerró un día en su recamara con una cámara fotográfica.
            Tomó cientos de fotografías, de sus ojos, de sus labios, de sus manos con mensajes escritos en las palmas, de sus senos, de su sexo sin depilar, de sus muslos un poco flácidos y tirando a rollizos y, por supuesto, de su culo... De todas ellas, le parecía, las más anónimas eran las últimas.
            Guardó una de ellas entre los papeles del colegio y salió hacia los barrios más alejados de la ciudad. Fue caminando de comercio en comercio, sacando por ahí 12 fotocopias de la imagen en uno, 16 más en el de allá, otras nueve en el de más acá... En total, llegó a tener tal vez unas 230 copias.
            No era una imagen demasiado elaborada ni una fotografía que pudiera llamarse profesional. Tampoco tenía ningún mensaje escrito; era sólo la imagen de un culo femenino anónimo.
            Y fue pegando cada una de las copias en distintos lugares, siempre temerosa de que alguien la descubriera, pero, queda escrito, era una mujer que no llamaba demasiado la atención por las calles.
            Obviamente, las imágenes no duraron demasiado en las calles esa primera vez; la mayoría fue retirada por los agentes del orden o arrancada por ciudadanos indignados por esas “faltas a la moral”... Algunas pocas acabaron en manos de otros ciudadanos anónimos que las fotocopiaron a su vez y pegaron de nuevo en las paredes.
            De vez en cuando, digamos con intervalos de dos semanas a un mes o mes y medio, ella volvía a fotografiar su culo y, repitiendo la primera operación siempre en fotocopiadoras de comercios pequeños en distintos barrios y alejados del suyo, adornaba nuevas paredes con nuevas imágenes.
            Y éstas eran retiradas por los agentes del orden o arrancadas y pisoteadas por ciudadanos indignados por la “exaltación de la pornografía y la cosificación de la mujer”... Y reproducidas, cada vez más, por manos anónimas que las volvían a pegar en más y más paredes de la ciudad.

Y las medidas para “asegurar la libertad, el respeto y los derechos de todos los ciudadanos” seguían implementándose y eran, obviamente, cada vez más restrictivas... Y ya no había chistes sobre burkas o cadenas en las mesas de las cocinas, porque esos chistes (que “cosificaban a la mujer”) estaban prohibidos.
            Entonces hubo una manifestación espontánea.
            No hubo un cartel invitando a la asistencia ni una cita determinada, sólo gente que, de boca en boca, a través de mensajes de texto personales o burdamente cifrados en las vigiladas y restringidas redes sociales, fueron pasando la voz poco a poco.
            En la plaza central de la ciudad primero se vieron algunos grupos dispersos, nada fuera de lo común... Pero los grupitos iban creciendo y juntándose entre sí... Hasta que la multitud desbordó la plaza y llegó a las calles aledañas.
            No había un líder ni orador central. Por aquí y por allá surgían megáfonos que hablaban de recuperar la libertad. Algunos grupos cantaban canciones de protesta o satíricas, de las que ahora estaban prohibidas... Aquí y allá, también un poco más acá, a lo largo de toda la multitud y sin concierto alguno, manos anónimas fueron alzando carteles que, en distintos tamaños, reproducían las imágenes que ella, encerrada en su cuarto, con los pantalones y ropa interior en las rodillas, sonrojada, había tomado.
            Así, una nación empezó a cambiar...

Mario Stalin Rodríguez

P.D. que anuncia lo que ya está anunciado
Esto, obviamente, va de preliminares. Porque fechas importantes se acercan y no es momento para quedarnos callados.

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