miércoles, febrero 25, 2015

¿Y CUANDO VENGAN POR NOSOTROS?

Ensayo ganador del primer premio en el concurso "Así somos, así pensamos" organizado por el sindicato de trabajadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia...

Cuando vinieron por los comunistas, guardé silencio
Martin Niemöller

Tal vez no hay un momento en el que todo empezó. Quizá fue sólo un cúmulo de pequeñas cosas que fueron sumándose hasta que, al final, nos encerramos en nosotros mismos y nos olvidamos de todos los otros; de quienes en distintos lugares y contextos, son nuestros iguales y distintos...

Primer momento
Será que el primer indicio de que algo no marchaba como antes debieron dárnoslos los integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Los maestros, sí, con quienes convivimos día sí y día también en museos y zonas arqueológicas.
            Con el anuncio y aprobación de la llamada Reforma Educativa, los maestros de la CNTE se movilizaron. Ocuparon por meses la plancha del Zócalo de la ciudad de México, de donde fueron violentamente desalojados entre balas de goma y gases lacrimógenos...
            Y nosotros, tan nosotros, tan críticos y participativos en un pasado; nosotros, miramos todo esto desde la comodidad de nuestros centros de trabajo, guardando silencio.

Y será que hubo un intento, tímido, de responder... Y acompañamos, unos pocos de nosotros, a los maestros a reinstalar su protesta en el Monumento a la Revolución. Y colocamos una tímida carpa en los perímetros del campamento.
            Y unos pocos de nosotros estuvimos ahí el 2 de Octubre cuando la policía del DF cargó con balas de goma y gases lacrimógenos contra la manifestación de estudiantes y maestros...
            Y unos pocos de nosotros los vimos correr y ser detenidos... Pero, sobre todo, desde nuestra tímida carpa y desde la comodidad de nuestros centros de trabajo; guardamos silencio.

Segundo momento
Y fue entonces que hasta la tímida carpa desapareció.
            Y llegaron también las otras Reformas Estructurales y las protestas callejeras fueron menguando y, cada vez más, cada vez con mayor impunidad, eran reprimidas con balas de goma y gases lacrimógenos...
            ¿Y nosotros? Nosotros guardábamos silencio.

Encerrados en nuestros centros de trabajo, caímos en la autorreferencia y la autofagia.
            Sin mirar el lento asesinato del país, tal vez porque era demasiado, tal vez porque ya, a estas alturas, estábamos tan ciegos que no nos importaba… Demasiado centrados en pequeñas batallas mezquinas; “aquel compañero llega tarde”, “ella quiere cambiarse de departamento”, “este proyecto invade mis atribuciones”, “este otro no se incluye en mi profesiograma”, “la escuela llegó con 10 minutos de retraso” y etcétera.
            Conflictos pequeños, sin sentido, interminables. Surgidos más de mezquinas rencillas personales que de una pretendida “defensa de nuestros derechos laborales y materia de trabajo”... Y nos confundimos, empezamos a ver en el compañero al enemigo; quien ostentaba un nombramiento distinto, el que aspiraba por concurso interno o promoción académica a una plaza de nuestro nivel, quien llegaba desde afuera, los trabajadores de contrato o de apoyo a confianza...
            Todos eran el enemigo, porque su presencia modificaba aquello a lo que nos habíamos acostumbrado, trastocaba la comodidad de la rutina y nos obligaba a mirar más allá de hacer las mismas cosas de la misma forma.
            Y será que las autoridades miraban con buenos ojos todo esto, porque enfrentados y divididos dejábamos pasar aquello que verdaderamente atentaba contra nuestros derechos y nos restaba materia de trabajo... Pero no importaba porque “aquel compañero llega tarde”, “ella quiere cambiarse de departamento”, “este proyecto invade mis atribuciones”, “este otro no se incluye en mi profesiograma”, “la escuela llegó con 10 minutos de retraso”...
            Y directores, subdirectores y jefes de departamento escuchaban nuestras quejas, mientras sonreían complacientes... Y las fomentaban, porque nuestras pequeñas batallas mezquinas, nos distraían y nos alejaban de nuestros compañeros y de quienes, en otros contextos y lugares, son distintos e idénticos a nosotros.

Tercer momento
Y vinieron por lo jóvenes.
            En Septiembre de 2014, seis estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, en Iguala, municipio del estado de Guerrero, fueron asesinados por elementos de la policía municipal, con la posible complicidad del grupo delictivo conocido como Guerreros Unidos, a unos pasos de la mirada complaciente del ejército nacional.
            43 jóvenes del mismo centro educativo fueron secuestrados esa noche... A la fecha es imposible saber a ciencia cierta qué pasó con ellos, ya que las autoridades estatales y federales parecen mucho más interesadas en exculparse y dar un carpetazo rápido al caso, que en encontrar el paradero de los desaparecidos.
            Desde las primeras horas tras la difusión del hecho a través redes sociales, lo mejor de la sociedad mexicana; sus jóvenes, salió a la calle a exigir “vivos se los llevaron, vivos los queremos”...
            Y la exigencia creció en redes sociales y el culpable fue señalado. No el triste emperadorsito de un triste municipio de un triste estado, no el triste gobernador de este mismo; todos ellos y el aparato al que pertenecen. “Fue El Estado”, se gritó en las calles y en las redes sociales.
            De la mano de los jóvenes, indignados por esto y junto a la exitosa experiencia reciente en el IPN, las universidades se movilizaron y la llama de la justa rabia siguió creciendo. Por primera en vez en su historia, la Universidad del Claustro de Sor Juana entro en paro de labores, la Facultad de Ingeniería de la UNAM aprobó, por primera vez en 48 años, suspender actividades en una votación con la participación de más 5,000 miembros de su comunidad.
            Pronto no sólo fueron los jóvenes universitarios. Incluso los académicos del Colegio de México, tan dados a la moderación y el ensimismamiento, se pronunciaron y sumaron a las protestas. En Paris, Amsterdan, Río de janeiro, Madrid, Barcelona, Santiago de Chile, Nueva York, Río de la Plata; ahí donde llegaban las redes sociales, llegaba la rabia. Ahí donde un embajador o un funcionario del gobierno mexicano se presentara, había voces que le exigían “vivos se los llevaron, vivos los queremos”; le recriminaban “fue el Estado”.
            Incluso en el espectáculo que históricamente ha marcado la sustracción de la realidad en México, el fútbol, las voces llegaron. En el partido amistoso de la selección nacional contra Holanda, entre las porras del Cruz Azul, del León, de las Chivas y hasta en la del América, el grito era uno; “Vivos se los llevaron, vivos los queremos. EPN asesino”.
            En todo el territorio nacional, a lo largo del orbe, conforme más y más cuerpos eran encontrados en fosas clandestinas, conforme más se intentaba desde los medios desviar la atención; más crecía la indignación y mayores eran las protestas.
            Y nosotros, tan nosotros, tan críticos, tan comprometidos; nosotros, guardamos silencio.

El grito inundó las calles, “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”... Y nosotros respondimos “aquel compañero llega tarde”, “ella quiere cambiarse de departamento”, “este proyecto invade mis atribuciones”, “este otro no se incluye en mi profesiograma”, “la escuela llegó con 10 minutos de retraso”.
            Y respondimos tarde y tímidamente.
            Las convocatorias para participar en movilizaciones exigiendo la presentación con vida de los normalistas fueron emitidas. Asistimos pocos, tan pocos…
            Será que las redes sociales de un tiempo para acá están bloqueadas en los equipos de computo de nuestras oficinas (y no dijimos nada, porque “aquella compañera se la pasa en el facebook”)... O será que estamos tan acostumbrados a mirarnos a nosotros mismos, es decir; tan ciegos, que realmente creemos que “aquel compañero llega tarde”, “ella quiere cambiarse de departamento”, “este proyecto invade mis atribuciones”, “este otro no se incluye en mi profesiograma”, “la escuela llegó con 10 minutos de retraso” es más importante que la vida de 43 jóvenes.

¿Cuarto momento?
¿Y cuando vengan por nosotros?
            No se engañe nadie; vendrán por nosotros. Y no lo harán como lo hicieron con el SME o la CNTE, ni siquiera necesitarán presentarnos como “trabajadores privilegiados” y enfrentarnos a la sociedad; no les implicaremos ni ese mínimo trabajo.
            Vendrán por nosotros y lo harán poco a poco, aprovechándose de nuestras pequeñas mezquindades.

Al día de hoy, empresas subcontratadas (con trabajadores sin los mínimos derechos laborales) se encargan ya del aseo y mantenimiento de los centros de trabajo. La figura del custodio ha desaparecido en no pocos centros de trabajo, siendo sus funciones cubiertas por personal externo o, en el mejor de los casos, agentes de la policía local. No es extraño ver que en museos y zonas arqueológicas sean externos quienes se encarguen del montaje museográfico de las exposiciones temporales. Cada vez más las visitas extraordinarias (nocturnas o en días de descanso), en estos mismos centros son cubiertas por personal externo (a veces disfrazado a manera de “voluntariado”).
            Poco a poco, cada área sustantiva para el funcionamiento de nuestros centros de trabajo será sustituida por personal externo subcontratado a empresas de outsourcing. Las áreas administrativas, de recursos humanos y financieras correrán a cargo de despachos contables. Los servicios educativos o de promoción cultural irán a manos de empresas de turismo cultural y agencias de publicidad...
            Poco a poco, iremos desapareciendo. Y nosotros, tan críticos, tan participativos, con tanta conciencia social y solidaria; nosotros, aplaudiremos porque “aquel compañero llega tarde”, “ella quiere cambiarse de departamento”, “ellos trabajan menos horas que el resto”, “lo demás sólo envidian nuestro horario”, “al otro departamento le dan más horas extras” y etcétera.

Y será, tal vez, que nos daremos cuenta de lo que nos han hecho e intentaremos responder, un poco demasiado tarde.
            Intentaremos advertir a la sociedad que desaparecer a los trabajadores de base del Instituto Nacional de Antropología e Historia no es sólo atacar a un grupo determinado de personas y el sindicato en el que se agrupan, sino un paso más en el remate y destrucción del patrimonio histórico y la memoria de nuestro país.
            Y tal vez entonces volveremos a salir a las calles. Y tal vez reaparecerá nuestra tímida carpa bloqueando el acceso a las oficinas centrales del instituto... Y gritaremos buscando el apoyo de los otros... Y sólo obtendremos la respuesta del silencio.
            Para entonces, todos aquellos que podrían apoyarnos; los maestros de las escuelas públicas, los estudiantes universitarios, los sindicatos democráticos. Todos ellos, lo mejor de la sociedad mexicana, habrán desaparecido.

Mario Stalin Rodríguez

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1 Comments:

Blogger E. Martin said...

Algún día aquí en España empezará a desaparecer gente (porque torturados y encarcelados injustamente nunca hemos dejado de tener) y algunos se preguntarán cómo hemos llegado a ese punto.

2:19 p.m.  

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