sábado, agosto 12, 2006

La revolución del siglo XXI

Enrique Montalvo Ortega

La revolución del siglo XXI

Méxicanos en Berlin... Estamos en todas partes

En nuestro país las demandas más sencillas parecen ser las que prenden con mayor fuerza entre la población, convocando a grandes contingentes sociales. Llama la atención la sencillez y claridad de la demanda principal que la coalición Por el Bien de Todos ha emplazado ante el más que sospechoso manejo de las elecciones: "voto por voto, casilla por casilla". Pero, sobre todo, resulta notable que cobre un carácter que se antoja casi revolucionario.

Es como si volviéramos un siglo atrás y nos halláramos frente al también muy sencillo: "sufragio efectivo, no relección" del movimiento antirreleccionista encabezado por Francisco I. Madero.

En su esencia, tal vez nos hallemos ante lo mismo. En la revolución de 1910 se trataba de impedir que un caudillo, Porfirio Díaz, tratara de continuar en el poder después de más de tres décadas de detentarlo con el fin de continuar un proyecto oligárquico dañino para la mayoría.

Ahora, a punto de cumplir un siglo del estallido de la Revolución Mexicana, el "voto por voto, casilla por casilla" unifica a la sociedad para impedir que se imponga por seis años más el proyecto neoliberal, tras 24 años de férrea dictadura económica. El objetivo es cerrar -con el recurso más democrático, el conteo cierto de los votos- el paso al modelo capitalista oligárquico del siglo xx: el neoliberalismo.

La derecha mexicana parece que no aprende del proceso social y de la historia. Al punto que insiste en imponerse por la fuerza, como si no pasara nada, creyendo que la sociedad va a permanecer impasible, aceptando que se erija por la vía del fraude otro gobierno neoliberal. En este sentido la lectura que la derecha está realizando de la realidad es tan equivocada como la que hacían Los Científicos y los oligarcas porfiristas. Estos pensaban que todo marchaba a las mil maravillas, cuando en los hechos -que se empeñaban en negar- anidaba ya el malestar que desembocó en la Revolución de 1910.

Desde su fundación hasta 1988, el Partido Acción Nacional (PAN), de Felipe Calderón Hinojosa, centró sus demandas en el respeto al voto, repitió incansablemente que lo que habría que hacer es exigir el conteo de los votos y terminar con el fraude electoral, e incluisve llegó a practicar formas de resistencia civil para lograrlo, como hizo en Chihuahua.

Finalmente la facción que se quedó al frente del PAN sustituyó la lucha por el respeto a los votos por la negociación de los mismos. Así, legitimaron a Carlos Salinas de Gortari y le dieron enorme apoyo para que pudiera gobernar, a cambio de recibir un cúmulo de posiciones políticas y prebendas.

Finiquitada, o en proceso de liquidación la Revolución Mexicana (o lo que quedaba de su impulso reivindicador), los dirigentes panistas constataron que tenían más coincidencias que diferencias con los priístas encabezados por Salinas, ¿por qué no habrían de olvidar sus banderas y participar en el cogobierno (y el remate) neoliberal del país? Los militantes honestos abandonaron ese partido y los que se quedaron decidieron entrarle al reparto del pastel.

Con la complacencia y el apoyo de los mismos priístas empezaron entonces su ascenso a múltiples posiciones de gobierno. Así fue como llegó Vicente Fox al poder, en un "arreglo de caballeros" con la facción dominante y más neoliberal del PRI: la de Ernesto Zedillo. La alternancia de partidos disfrazaba mejor la continuidad del proyecto. Dicho en términos del mismo Fox, "cambiaba el jinete", pero éste montaba el mismo caballo, adiestrado para dirigirse a los mismos lugares.

El resultado: un gobierno de y para los empresarios, sin mediaciones de ningún tipo; hacer negocios, muchos negocios, a la sombra del poder, sin importar en lo mínimo el bienestar social.

Es por eso que hoy la consigna que sintetiza el anhelo de democracia electoral por la que lucharon tantos panistas que se enfrentaron al autoritarismo priísta en su momento les parezca no sólo inaceptable, sino una incitación a la violencia, y si en sus manos estuviera, la proscribirían. Acción Nacional muestra así una absoluta incongruencia con su propio discurso y con su historia misma, evidencia hasta qué punto se encuentra sumido en la corrupción y cómo los compromisos con los barones del dinero someten cualquier asomo de ideal democrático.

Se ha cuestionado al PAN el hecho de que su lucha se limitaba sólo a la democracia electoral, impidiendo que ésta se expandiera a otros ámbitos, como el de la economía o el de la justicia. Ahora hay que decirlo claro: el PAN ha renunciado al discurso mismo de la democracia, se niega a contar los votos. La derecha panista muestra así su perfil profundamente autoritario e inclusive, si lo considera necesario, golpista.

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