jueves, abril 25, 2019

Los Falsificadores de la Democracia 06


EL GUARDARROPA DEL EMPERADOR

La escena es conocida, mientras el emperador camina por las calles de su reino luciendo su resplandeciente traje nuevo (que sólo los inteligentes pueden ver) y recibe los halagos de sus súbditos, un pequeño niño habla y es su voz infantil la única que se atreve a señalar la desnudez del monarca.
            La fábula infantil termina aquí... El monarca, sin embargo, tiene un guardarropa extenso y en un retrato más fiel de la naturaleza humana y del poder, a la escena seguirían otras, en las que el niño sería reprimido por señalar la desnudez del monarca y múltiples voces se elevarían por entre la multitud, para explicar que el vestido existe y que sólo los inteligentes pueden verlo... Y que quienes dijeran lo contrario, sólo intentaban vender miedo para desestabilizar el reino.
            Y el monarca seguiría paseándose por las calles del reino, mostrando cada vez un nuevo traje que sólo los inteligentes pueden ver... Y cada vez que alguien señalara su desnudez, sería reprimido o acallado por voces que repiten, como letanía, que si existiera una tela que sólo los inteligentes pueden ver, que alguien no pueda verla, no habla de la desnudez del monarca, sino de la ignorancia de quien la señala.
            Y otras voces se alzarían para decir que es necesario oponerse al monarca, pero que el señalar su desnudez no es el camino para hacerlo, sino que es necesario apropiarse de los vestidos y la tela que sólo los inteligentes pueden ver... Y que el desfile de la desnudez continúe, pero con un monarca distinto.

Lejos de fábulas infantiles, lo más despreciable de la sociedad se pasea hoy arropado por un vestido de falsa racionalidad “que sólo los inteligentes pueden ver” y protegido por voces que llaman a no señalar su desnudez intelectual, sino a apropiarse de la falsa racionalidad “que sólo los inteligentes pueden ver”.
            Es decir; lo más despreciable de la sociedad intenta imponer su discurso contra la migración, los derechos reproductivos, las leyes de violencia de género, los derechos laborales, la no discriminación por razones de género, preferencia sexual, etnicidad y, en general, contra todas las conquistas sociales... Y lo más despreciable de la sociedad es protegido por las voces que llaman a no señalar lo peligroso de su discurso, sino a “discutir sus argumentos”, porque no hacerlo “sería de intolerantes”.
            Y esta es la trampa de los “equidistantes”, de los “escuchemos las dos versiones”; el aceptar el discurso de odio y llamar a “discutirlo”... Pero, así como el monarca sigue desnudo, por mucho que afirme vestir una tela “que sólo los inteligentes pueden ver”; lo peor de la sociedad sólo sabe regurgitar odio, por mucho que intente disfrazar su discurso de una falsa racionalidad.
            Y no debemos caer en la trampa; no podemos discutir sus “argumentos”, porque al hacerlo los validamos... Y no debería ser necesario recordar las frases de Kant y Twain sobre aceptar los “argumentos” de lo peor de la sociedad.
            Tampoco se trata de callar ante los discursos de odio, como no es posible callar ante la desnudez del emperador... Sus discursos de odio deben ser señalados como lo que son y llamados por su nombre; sin discusiones, sin sus “argumentos”, sin dejarlos esconderse en “libertad de expresión” o “es sólo humor”.
            Así como la desnudez del monarca sólo puede ser señalada y no discutida; los discursos de odio no se “argumentan”; sólo se señalan y se llaman por su nombre.

Mario Stalin Rodríguez

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