jueves, marzo 25, 2010

LA MENTIRA DESDE EL PODER

Nota de advertencia: El siguiente texto no sólo es largo... Es MUY largo y algo pesado. Se extrae, además, de un ensayo mucho más largo y mucho más pesado escrito por un servidor en 2001. Se publica hoy aquí por considerar que, pese a los años, no ha perdido su vigencia.
Cópiese y péguese en un documento o mándese imprimir directamente para una mayor comodidad de lectura, si se espera leer textos más pequeños del mismo autor (de 140 carácteres o menos), bueno, para eso está el twitter, no?
Ya está, el que avisa no es traidor y sobre advertencia no hay engaño... Continúese leyendo bajo su propio riesgo.

A todo esto, Marx tenía razón; a todo orden imperante (estructura) le corresponde una infraestructura (capacidades materiales y tecnológicas) que lo sustenta y una supraestructura que lo justifica.

Hegemon genera su discurso, su propia referencia, su verdad universal. Aristóteles, en los diálogos de Platón, justificaba que algunos hombres nacieran libres y otros esclavos, porque así es su naturaleza. Llámeseles faraones, césares o reyes, los monarcas de la historia justificaron su dominación por el derecho divino (dése aquí a la divinidad el nombre y número que se quiera).

A lo largo de la historia múltiples han sido las caras de Hegemon y múltiples los discursos por los cuales ha intentado justificarse:

El poder moderno quiere ser racional, y todo su discurso procura demostrar que lo es.

Su discurso es la ideología. Y ese discurso, en efecto, justifica al poder de manera racional, por el consenso o la necesidad, disimulando lo que el poder comporta de esencial: el hecho de que él sigue siendo sagrado para los que lo ejercen, que lo debe ser para los que lo sufren, y que supone una amenaza de violencia para los que lo rechazan (...)

El poder, bajo su forma más moderna, más racional, sigue siendo sagrado porque perpetúa, amplificándolos, los dos rasgos en los cuales se reconoce lo sagrado: el sacrilegio y el sacrificio. Por un lado, califica de violencia –“crimen”, “sabotaje”, “atentado”, “terrorismo”, etc.- todo lo que lo amenaza o simplemente lo cuestiona. Por el otro, se arroga el derecho de regir la vida de los hombres, finalmente de sacrificarla. El poder sigue siendo sagrado, pero no lo dice. Dice otra cosa. Desmiente su objetivo básico con un discurso racional cuyo papel es el de legitimarlo por otra vía. La ideología es la disimulación de lo sagrado (Reboul, 1986).

Para ello a Hegemon no le basta con su discurso, sino que debe apropiarse del lenguaje, de la referencia, del contexto; a fin de que, a la manera del newspeak de la imaginaria Oceanía (Orwell, 1979), sólo dentro sus límites pueda darse la comunicación. A Hegemon no le basta su discurso, necesita que sólo su discurso exista, que sólo su voz sea escuchada.

Supongamos que un político “liberal” nos planteara la cuestión siguiente: “¿Usted no piensa que la defensa del mundo libre exige un importante poder atómico de disuasión?” (...) Sea cual fuere nuestra respuesta, algo quedó sin cuestionar en la pregunta: el presupuesto de que existe un “mundo libre” amenazado por otro mundo que no lo es (...) Esta oposición maniquea entre una zona de luz y una zona de tinieblas es precisamente lo sagrado que se disimula bajo la forma racional de la pregunta (Reboul).

La mentira, para legitimarse, requiere de ser ella misma su marco de referencia, su propio metadiscurso. Hegemon se apropia del lenguaje, de los términos y de los sentidos; hasta que el lenguaje mismo se vuelve incomprensible fuera de los límites de Hegemon[i].

Toda ideología tiende a ser totalitaria por el simple hecho de que trata de confiscar la palabra en su beneficio. Los medios de esta confiscación son muy diversos. Medios físicos, como (...) el aporreamiento de los opositores. Medios institucionales y jurídicos, como los que aseguran el monopolio de la palabra en el ejército, en la iglesia, en la escuela, en la medicina, en tal partido o en tal sindicato. Medios psicológicos, como los de la publicidad y la propaganda. En suma, toda ideología lucha por tomar la palabra y confiscarla. Su lucha no se efectúa sin hacerse acompañar de cierta violencia (Ídem).

Pero, sobre todo, Hegemon se apropia de la palabra presentando su discurso encubierto: “los procesos ideológicos (...) constituyen ante todo una interferencia de funciones (...) la disimulación ideológica implica el camuflaje de una función del lenguaje por otra. La ideología no dice jamás la razón verdadera de lo que dice” (Ídem). Las palabras de Hegemon se nos presenta como ficciones, campañas publicitarias o hechos noticiosos.

Todos ellos, no se dude, justifican al poder. Tanto más, son parte de Hegemon; “en el mundo contemporáneo, tener medios de comunicación significa tener poder”(Kapuscinski, 2003). Porque a Hegemon no le basta apropiarse del lenguaje, necesita también apropiarse del deseo, del proyecto de los individuos.

En tanto los ensueños colectivos no son precisamente "asociaciones libres" (Freud), sino sueños controlados (...), el apaciguamiento característico del final feliz aceptable, se construye a partir de la violencia "benévola" (¿benevolencia?) de quienes defienden la ley y el orden del mundo analítico (...) Los ensueños colectivos nos permiten sacar a pasear nuestro propio loco interno, con la seguridad de que al final será puesto de nuevo a buen recaudo por el héroe policíaco de la serie.

(...) ¿En qué se finca este control; de donde deriva su formidable eficacia para contrarrestar en la práctica el poder revolucionario potencia (de los ensueños colectivos)? Básicamente la deriva del hecho de insertar sus orientaciones específicas de apoyo al poder organizado en una síntesis de deseos de carácter universal y expectativas comunes de un consumo creciente (Delhumeau, 1984).

Los ensueños controlados por Hegemon no hablan de cambio, sino de perpetuidad.

Hegemon, queda escrito, se apropia también del referente. No en tanto inventar una realidad distinta a la existente (ello se da pocas veces y, casi siempre, es fácil detectarlo), sino en hacer que el individuo vea ésta de una forma determinada:

Para inducir a alguien a error y así modificar su conducta, tampoco hace falta suministrarle una representación enteramente falsa de la situación; basta con engañarle acerca de un número limitado de puntos (...) Para suscitar determinado comportamiento hay que dar ciertas informaciones, y para suscitar un comportamiento diferente hay que dar otras (Durandin, 1995).

No es que los grandes medios de comunicación se encuentren al servicio de Hegemon, es que ellos son parte de Hegemon. Ya no es necesario que el poder inserte censores en los canales de transmisión de la información, ellos, en tanto parte y beneficiarios del orden imperante, reproducirán el discurso de Hegemon, ya que es su propio discurso.

En ellos las noticias se presentan como hechos aislados y no como partes del fenómeno multidimensional que es la realidad (Kapuscinski); “se presentan desagregadas, buscando evitar que se obtengan conclusiones críticas a partir de su integración en unidades coherentes, en fenómenos o procesos significativos y sintéticos” (Reboul).

A ello agréguese que la noticia es presentada no siempre en el contexto que le corresponde, sino que, de hecho, se le crea el contexto. Una imagen no dice lo que representa, sino lo que a ella acompaña (la música, si es en blanco y negro o a color, la noticia que le precede o sucede, etcétera), el discurso en el que se presenta.

No sólo qué y cómo presenta las noticias, sino (y sobre todo) a través de qué medio. No se malinterprete, no la visión simplista (ingenua, estúpida) de creer que el medio es el mensaje, sino la aceptación de que cada medio, en tanto poseedor de características específicas y propias, presenta de manera distinta los mensajes. El medio no es el mensaje, pero el canal sí modifica el mensaje.

O, al menos, la forma en que éste se recibe:

De entre los medios de difusión, la radio y sobre todo la televisión, desempeñan un papel específico y poseen una fuerza de persuasión mucho mayor que la del texto impreso. La televisión, en efecto, ofrece un espectáculo global, puesto que moviliza la vista, el oído, y hasta el tacto (...); y un espectáculo fugitivo, porque cada secuencia desaparece sin que se le pueda hacer volver. Si se agrega que la imagen parece tener validez de prueba –“la imagen no miente”, se dice con frecuencia-, se comprende que es infinitamente más difícil reflexionar sobre un mensaje televisivo que sobre un mensaje impreso.

(...) En este sentido, los medios de difusión modernos, y en primer término la radio y la televisión, son un instrumento al servicio del poder, político y comercial. Y lo son no sólo porque transmiten sus mensajes a millones de individuos, sino porque dejan a estos individuos pasivos, desarmados, sin voz, sin pensamiento (Reboul).

Así, si Hegemon domina el lenguaje, el referente, los proyectos y el contexto; suya es la única voz autorizada para reconocer qué es la realidad y cuál es la verdad:

El argumento de autoridad está explícitamente admitido por las religiones, que se refieren a una Palabra o a un libro considerados como sagrados. Las ideologías, aun las más laicas, utilizan el mismo procedimiento, pero racionalizándolo.

(...) Se trata de una racionalización en el sentido freudiano, que consiste en enmascarar la creencia ciega e infantil en la autoridad del jefe (Reboul)[ii].

Hegemon es, entonces, el alfa y el omega[iii]. Suya es la única voz y suya es la verdad, la única verdad posible. La alternativa, nos dice Hegemon, es el caos; la perdición (parafraseando al clásico: quien de aquí salga, abandone toda esperanza).

Para justificarse a sí mismo y, sobre todo, ante quienes pretende gobernar, Hegemon necesita de su némesis, un otro identificable pero difuso[iv]. Para justificarse a sí mismo y, sobre todo, ante quienes pretende gobernar, Hegemon necesita a Masiosare, al extraño enemigo.

¡Nunca deja de hablar contra alguien! El discurso que la ideología monopoliza, que trasmite a través de los medios de información, de educación escolar y paraescolar, utilizando las elecciones y las asambleas políticas, por medio del arte y la literatura, o por el lavado de cerebro, este discurso se dirige siempre a otro discurso: un discurso virtual, pero sin el cual no se comprendería ese incesante ponerse en guardia del discurso oficial (Reboul).

Para asegurar su supremacía Hegemon necesita, por supuesto, la tranquilidad en su escenario local, a fin de controlar los recursos económicos, aún a costa de la seguridad social de sus propios ciudadanos. Para ello ha encontrado dos perfectas excusas, la seguridad y el nacionalismo.

Mientras desmantela la seguridad social, el sistema educativo y los derechos laborales, Hegemon distrae a sus ciudadanos (el posesivo jamás a sido mejor empleado) con la amenaza de la inseguridad mundial, presentando al extranjero, al otro, como terrorista, como enemigo de la libertad.

Con este pretexto, el del enemigo que se mueve en las sombras, aún dentro de las propias fronteras, es que se justifica la disminución de las libertades políticas aún para los propios ciudadanos e, incluso, para los integrantes individuales de Hegemon. Toda disidencia, aún la interna, es acallada con el pretexto de apología del terrorismo.

Es también el otro, el extranjero el que da sustento al nacionalismo. La política laboral que ataca la colectividad y transforma al trabajador en individuo y no en parte de una clase, se funda en el argumento de las plazas laborales ocupadas por inmigrantes ilegales (con todo y el abaratamiento de la mano de obra que ellos implican). El otro, el extranjero, por su mera presencia pone en peligro la seguridad laboral e, incluso, la naturaleza de su cultura; así habla Huntington.


Estos son los argumentos de Hegemon y, casi literalmente, son repetidos a su debida escala por los representantes regionales de éste en todas las partes del orbe. Reciba la amenaza el nombre de narcotráfico, Terrorismo internacional o intereses extraños (que lo mismo mueven a gobiernos legítimamente establecidos, que a guerrillas tradicionales o a movimientos populares de nuevo tipo).

Los dictadorzuelos regionales, por supuesto, utilizan estos argumentos también para justificar su dependencia de la ayuda y asesoría militar y de inteligencia de la metrópoli.

Quienes estos argumentos ponen en duda son inmediatamente, tachados de enemigos; por apología del terrorismo o por estar coludidos con el narcotráfico; por ser, de sí, un peligro para su país.

De Hegemon es el monopolio de la palabra y, sobre todo, el de la violencia. Ello es importante, porque aun considerándose a si mismo eterno, Hegemon reconoce un peligro:

Siempre puede denunciarse que lo que está rodeado de honor y aparato es “farsa”, siempre hay algún niño o alguien fuera del juego que es del caso que puede decir que el rey va desnudo. Cuanto más “verdadero” se proclame un hecho de poder, una palabra de poder, más se arriesga a ser denunciada por mentira (Valcárcel, 1988).

El otro no tiene derecho a la palabra, no tiene derecho a la violencia. Porque Hegemon reconoce la violencia en la palabra y sabe que la palabra no sólo es poder; también es contrapoder.

Mario Stalin Rodríguez

(Editado del capítulo V de La Verdad Detrás. El papel de la mentira en la comunicación, 2001)



[i] Cuando son los israelíes los que matan, no cometen homicidios o asesinan (...) Los israelíes cometen algo que es sólo “llamado” un “asesinato” por los palestinos (...) Lo más inaudito es la declaración espeluznante de los israelíes para sus propios asesinatos extrajudiciales: “muertes selectivas” (Fisk, 2001).

[ii] El autor agrega; “El argumento de autoridad no funciona solamente en las ideologías (...) Se lo encuentra, oculto pero muy real, hasta en el discurso de las ciencias humanas, como lo atestigua este tipo de expresión: Como dijo Nietzsche, como lo demostró Freud, en donde el como evita comprobar, y hasta pensar”

[iii] Las ideologías tienen una historia, pero no la suya; cambian, pero su cambio se explica por sus bases materiales. Ahora bien, como todas las ideologías ignoran su dependencia con respecto a la historia concreta, tienden a creerse eternas (Reboul).

[iv] Un ideología es por definición partidista. Por el hecho de pertenecer a una comunidad limitada, es parcial frente a sus afirmaciones y polémica frente a otras. Toda ideología se sitúa en un conflicto de ideologías (Reboul).


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6 Comments:

Blogger Isabel said...

Como avisada estoy, monté mi dedo sobre el ratón y he visto lo largo que también avisas que es. Y como recién levantada no acostumbro a leer ensayos,volveré a la hora de cuando los leo .
Quien avisa no es traidor ... es avisador

12:47 a.m.  
Blogger La princesa sin castillo said...

"ante quienes pretende gobernar, Hegemon necesita a Masiosare, al extraño enemigo" y por eso celebra como si de verdad fuera cierto a Vicente Nario...

Abrazo...

12:26 a.m.  
Blogger La princesa sin castillo said...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

12:26 a.m.  
Blogger Ambrosía said...

Pues sí es largo el texto si, pero es bien interesante como para dedicarle mas de una sola lectura.... y aunque la política no es mi fuerte, volveré para seguir instruyéndome con tus palabras...un besoooooo

3:50 a.m.  
Blogger El Jardinero del Kaos said...

Tuve que leer mas de 2 veces, no porque resulte dificil de asimilar, si nomas bien para descubrir cosas que se escapan en una primera lectura...
Toda ideologia llevada al extremo es perjudicial

8:14 p.m.  
Blogger Isabel said...

Y no todos los niños se atreven a decir que el rey va desnudo , porque ya desde niños se lleva la rebeldía o la mansedumbre.... de los bueyes
Y sigo leyendo que de una atacada no lo digiero

4:18 a.m.  

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