jueves, agosto 24, 2006

La Ciudad y la Perspectiva

Mario Stalin Rodríguez

La Ciudad y la Perspectiva

“Buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”

Italo Calvino

Las Ciudades Invisibles; pág. 251

Desde arriba, enclaustrada la mirada tras las ventanas, la gente es río. Corriente multicolor que se mueve en la anárquica lógica de las mareas, atrás, adelante, a un lado... En esta mirada aérea, la multitud promete estreches, empujones, contactos no deseados; la pérdida de la intimidad. Desde arriba, la mirada se cega.

Prisionera en la seguridad, la mirada no traspasa los toldos que cubren calles, plazas y avenidas, no puede asomarse a las ventanas de las tiendas improvisadas, de las mansiones de toldo. Encerrada en la comodidad ficticia, no puede la mirada sentarse a la mesa común o comer de pié, asistir al espectáculo improvisado de esta ciudad embrionaria; este país a escala.

Retratos 1. Desde la comodidad

Se encierra en la anónima oficina del céntrico edificio. Es sólo desde las ventanas, balcones o azotea que asiste a las concentraciones. De vez en vez, por poco tiempo y perfectamente custodiada, lleva sus vacilantes pasos a las calles, pero sólo a los lugares a donde la comodidad le dice que es seguro, a donde el claustro que le miente la acompaña, y a convivir sólo con quien él le indica.

Así, encerrada, custodiada, engañada, cree que vive desde la comodidad el nuevo mañana... Ocultándose tras de quien, con nuevo rostro, sólo es pasado.

El claustro también se mueve abajo. Hay quien sólo ve en estas calles tomadas la promesa de un nuevo trabajo, el argumento para negociar, que es decir; para traicionar.

El claustro es el camaleón de siempre, quien reproduce desde la esperanza las prácticas que por tantos años nos robaron el mañana. Va y viene por estas calles, sonriendo a nombre de la esperanza, pero sin mezclarse, no sea que estos seres extraños lo contagien de algo.

Retratos 2. El oportunista

Para ellos la esperanza es sólo una transacción comercial, la lucha por el mañana es solo un juego de cambio de nombres. Enmascarados en el lenguaje de otro futuro posible, sus acciones reproducen el pasado cínico contra el que se lucha.

No buscan, no pueden, el mejor amanecer. Moviéndose entre los rostros anónimos, los imaginan sus espejos y en cada uno de ellos sólo ven, a menor escala, la misma ambición que los avergüenza... Por ello enmascaran sus palabras en los verbos de la esperanza.

No son lo cínicos que inventan, que invitan, que traicionan a mayor escala, solo sus seguidores; los parásitos que crecen alrededor de la infección mayor, reproduciendo sus síntomas y (si es eso posible) envileciendo aún más la práctica vergonzante.

Los oportunistas se mueven por esta ciudad a escala mirando desde arriba, no a los ojos, a los seres extraños que aquí habitan, a los que pernoctan en el pavimento; porque (en el fondo) les tienen miedo.

Pero no solo desde arriba, desde la seguridad o el oportunismo, la máscara vergonzante, se vive esta ciudad a escala. Las calles tomadas también se viven a pié, en el dormitorio común, la mesa para todos, los baños portátiles, el baile que dura kilómetros, el foro abierto. Es decir; las avenidas de los toldos también se viven desde abajo, desde la esperanza.

Los rostros anónimos son millares. Van y vienen, se renuevan; permanecen. Cocinan en grandes cacerolas de peltre, caminan de aquí para allá con su guitarra, su verso, su verbo, su acción, su simple presencia.

Esta ciudad embrionaria, este país a escala, vive por sus pasos y por sus manos. En sus ojos, hombros, pechos, caderas y pies descansa el parto del mañana... Son ellos, estos sí, el rostro de la esperanza.

Retratos 3. Animalitos fantásticos

Son todos, son diversos, distintos, es decir; iguales... El escritor que recorre carpa a carpa dando conferencias, a veces, ante a penas un puñado de oyentes. La niña bien transformada en periodista de toda la vida que recorre a paso lento, rodeada por una estela de historia, las escasas cuadras que sus años le permiten, pero cuya mirada abarca la ciudad kilométrica, la carpa que parece eterna.

Son todos, son diversos, distintos, es decir; iguales... Algunos más públicos que otros, son también quien prepara la comida para compañeros anónimos, son quienes auxilian a perfectos desconocidos unidos por una lucha común.

Son todos, son diversos, distintos, es decir; iguales... Los hay que se desvelan en las calles, cantando en coro sincopado, jugando domino, gritando chistes mil veces contados, no siempre con el mismo éxito. Son también los que gritan, implorando el descanso negado.

Van y vienen, se renuevan, permanecen. Siempre distintos, siempre los mismos... Son a ellos, sólo a ellos, a quienes el poder le tiene miedo. No a los cómodos, cuyo anhelo de seguridad inmoviliza. No a los cínicos, a quienes ya ha comprado. No a los oportunistas, que se conforman con migajas... Sino a ellos, a estos animalitos fantásticos; el verdadero rostro de la esperanza.

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