martes, octubre 02, 2018

Nota Programada Fuera de Programa


50 AÑOS Y SIETE AÑOS
El 2 de Octubre de 1968 mi madre, acompañada de mi tío, su hermano y mi abuela, su madre (que estaba ahí a regañadientes y más por preocupación por la seguridad de sus hijos que por convicción política), acudió al mitin en la Plaza de las Tres Culturas de Tlaltelolco, Ciudad de México.
            Según decía, mi tío se separó de ellas recién iniciado el mitin para reunirse con los compañeros de su escuela... Cuando las bengalas iluminaron el cielo, mi madre y mi abuela se encontraban entre las ruinas arqueológicas de la plaza y el edificio Chihuahua.
            Siempre según su testimonio, cuando los disparos iniciaron se refugiaron en una pequeña abertura de una de las estructuras prehispánicas, desde donde sólo escuchaban los gritos y el tronar de las armas del ejército... Mi abuela, decía mi madre, sólo se preguntaba si alguno de los píes que veían pasar corriendo, serían los de su hijo.
            Ya fuera por esa preocupación o porque, realmente, no era el mejor de los escondites, pronto salieron de ahí y, casi en cuclillas, corrieron para salir de la plaza, descolgándose por la barda detrás de las banderas internacionales que, con motivo de las olimpiadas que se celebrarían ese año, hondeaban en la plaza y hacia los edificios de la unidad habitacional. En algún punto de ese trayecto, mi madre perdió uno de sus zapatos.
            Corriendo agachadas y cojeando, llegaron hasta una tienda cuyo dueño había abierto sus cortinas metálicas para permitir el ingreso de los estudiantes que huían, mismas que cerró cuando el ejército se acercaba... No supieron más nada de lo que ocurría en las calles y entre los edificios de la unidad habitacional, sólo escuchaban los gritos de los estudiantes y de los soldados que les perseguían.
            Mi madre hablaba del ruido de las balas del ejército, estrellándose contra la cortina metálica... No recordaba si los soldados intentaron entrar en el local en el que se amontonaban decenas de personas asustadas; sólo el murmullo apagado y a mi abuela rezando por su hijo.
            Salieron de ahí a la mañana siguiente, horas después de que los disparos habían cesado y ya no se veían militares en las calles.
            Como pudieron, regresaron a su casa... Mi tío regreso a ésta esa misma tarde, hablando de estudiantes que se refugiaron en los departamentos aledaños a la plaza, de personas hacinadas en los pequeños cuartos de servicio eléctrico de los edificios de la unidad habitacional, de una iglesia que nunca abrió las puertas ante el grito desesperado de los jóvenes en busca de refugio.
            Los noticieros de televisión, la prensa escrita, los reporteros de la radio nunca mencionaron nada... Sólo los estudiantes, en reuniones clandestinas, siguieron guardando la memoria de los camiones de redilas que salieron cargados de cadáveres, de los desaparecidos, de las personas que acabaron en celdas ilegales del campo militar número uno, de aquellos que corrieron con suerte y terminaron en la crujía 13 de la cárcel de Lecumberri.

Eso fue hace 50 años.
            Mi madre acudió cada año a la manifestación que conmemoraba estos hechos hasta que su salud se lo impidió en 2010... Hoy, a siete años de su partida, tal vez, mi madre también saldría a caminar las mismas calles... Y lo haría con la misma rabia, con la misma determinación y con el mismo convencimiento para cambiar el mañana... Tal vez por vez primera, lo haría también con alegría de que el mañana, por fin, va cambiando.

Mario Stalin Rodríguez

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1 Comments:

Blogger David Cilia said...

Conocer y combatir junto con Tere Cuéllar ha sido uno de los más grandes honores y bienes que he tenido en la vida. David Cilia Olmos.

8:20 a.m.  

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