miércoles, junio 13, 2018

Los Falsificadores de la Democracia 04


EL IMPOSTOR

Se acerca el fin de las campañas electorales en México, en vísperas de lo que se antoja como una elección histórica en un país que nunca ha podido confiar en sus resultados electorales.
            Durante este periodo he evitado explicitar mi intención de voto, aunque, como dice la introducción a estos bites citando a Cortázar, “mi color y rumbo preferidos se perciben apenas se mira bien” y es por eso que, en estas líneas, no ahondaré sobre mi claramente obvio voto.
            Se trata más bien de analizar un fenómeno que, si bien no ha sido exclusivo de este proceso electoral, sí ha alcanzado en éste uno de sus máximos ejemplos; el candidato impostor.

Ricardo Anaya es joven, ambicioso y, dicen sus detractores, “carismático”.
            El “carisma”, obviamente, es un término subjetivo que, cabe mencionar, pocas veces le ha valido a Anaya para algo práctico, ya que en su meteórica carrera política, realmente nunca ha logrado convencer a nadie de votar por él. Todos sus puestos públicos o partidistas han sido por designación directa, vía plurinominal o bien, como “candidato” único cuando “contendió” por la candidatura panista, en un proceso que fue más una pantomima, que una “votación”.
            Con este currículum es que el panista arrancó, confiado, una campaña que para él se antojaba cuesta abajo; lo único que necesitaba, le decían, era capitalizar el enorme desprestigio que la administración de Peña Nieto (menos del 2% de aprobación) le ha acarreado al PRI y los 12 años de guerra sucia en contra del candidato opositor, López Obrador.
            La estrategia, por supuesto, dependía en mucho de la desmemoria pública, para que el electorado no recordara el patético espectáculo de Anaya, como líder del PAN, aplaudiendo las “reformas estructurales” de Peña Nieto, acompañado de los “líderes” que se apropiaron de las siglas del antiguo partido opositor y hoy satélite del poder, el PRD.
            Sin embargo, la propia ambición de Anaya jugó en su contra.
            Sin necesidad de una “campaña orquestada en su contra”, el simple ejercicio periodístico empezó, desde antes del arranque formal de la contienda, a arrojar datos que presentaban al político queretano como alguien dispuesto a todo, incluso al crimen, con tal de satisfacer sus propósitos.
            Señalado por actos de corrupción, lavado de dinero, tráfico de influencias y un larguísimo etcétera, la campaña de Anaya, artificialmente inflada desde medios como Milenio o Reforma, empezó a naufragar desde Febrero de este año, llegando a estar en práctica caída libre a partir de Abril pasado.
            Nada de lo que se ha intentado desde su equipo más cercano o los medios que le eran afines, le ha ayudado, tanto más, incluso mucho de esto ha resultado contraproducente.
            El intento de mostrarlo como alguien “valientemente confrontativo” durante el segundo debate, sólo logró mostrarlo como un abusador de colegio, que intenta suplir con agresión y mentiras, su completa falta de argumentos y propuestas.
            La falta de propuesta es, por supuesto, otro de los puntos nodales de su campaña, que se ha transformado en un ejercicio de esquizofrenia. Las ideas presentadas por el panista van de la “crítica” al “populismo” del candidato puntero en las encuestas, a la apropiación de las propuestas del mismo, exagerándolas hasta el ridículo (dispositivos electrónicos con acceso a internet gratuito para todos en todo el territorio –sic-).
            Enmarcando todo ello, la estrategia anayista ha sido mentir sistemáticamente sobre todo y, en particular, sobre la figura de López Obrador. Estrategia que tal vez le habría resultado útil en un México anterior a los sismos de 2017... Pero, justamente por la ineficacia gubernamental y la impericia de los partidos políticos para abordar la emergencia civil, permitió el surgimiento de una cultura de verificación informativa y la creación de redes de información que, si bien no son generalizadas ni masivas, sí permiten el contraste casi inmediato de las afirmaciones de las figuras públicas.
            Así, los “golpes mediáticos” que Anaya ha intentado en contra del principal candidato opositor, se ha revertido en su contra una y otra vez, lo cual ha sido particularmente notorio después de los tres debates organizados por el INE, tras los cuales fue el candidato más desmentido por la organización de medios y periodistas conocida como Verificado 2018 (en honor al grupo civil Verificado 19, que se dedicó a desmentir noticias falsas durante la emergencia civil de Septiembre de 2017).

Hoy, lejos de la confianza que intenta trasmitir a través de una sonrisa que se antoja cada vez más falsa, Anaya luce desesperado; temeroso del final de una contienda en la que se sabe derrotado. Asustado por saber que no puede regresar a las filas de un partido, el PAN, destrozado en partes iguales por su persistente complicidad con el poder y por las divisiones propiciadas por el propio candidato. Ni ser arropado por las ruinas de lo que hoy se llama PRD.
            Con su fama pública destrozada por la exhibición de sus pecados, tampoco podría regresar a la comodidad de una vida empresarial, que sólo fue exitosa en tanto pudo valerse de sus puestos públicos y contactos políticos.
            Anaya no tiene otra opción que ganar la presidencia... Y México necesita que Anaya no lo logre.

Mario Stalin Rodríguez

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