miércoles, mayo 30, 2018

LA CALOR


I
Abandona, sigilosa, su elevado puesto de observación con un salto al colchón.
            De la cama baja al suelo sin perder de vista a su presa, que revolotea distraída a un costado del escritorio... El ruido del ventilador de pedestal inunda la habitación.
            Asecha... Se prepara para saltar... El bochorno la inunda.
            La posición de ataque se transforma en un estiramiento generalizado de su cuerpo; bosteza perezosa y ve la mosca revolotear.
            Se tumba cuan larga es en el suelo...
            “¿Qué?”, dice la figura sentada ante el escritorio; “¿demasiado calor para cazar? Sí, te entiendo”.

II
Sale de la ducha sintiéndose mejor.
            Se arregla el pelo oscuro en el espejo y, desnuda, se dirige a su cuarto, el corto paseo le arranca un poco de la sensación de bienestar, sobre todo cuando pasa por debajo del tragaluz por el que el sol entra en pleno.
            La suave brisa del ventilador la refresca al entrar en su habitación.
            La gata la observa entrar desde arriba del librero y la saluda con un maullido apagado.
            Rebusca en los cajones; le queda poca ropa limpia y la sola idea de poner la lavadora para, después, subir al techo para tender la ropa al sol le agota... De pronto el ventilador se detiene.
            Revisa el enchufe para ver si movió el cable mientras buscaba ropa… El calor empieza a invadir la habitación.
            Acciona el pagador sólo para comprobar lo evidente, no hay electricidad... El sudor empieza.
            Se desprende de la ropa interior recién puesta, toma la toalla que había aventado sobre una silla y regresa al baño, esperando que el servicio eléctrico se reanude mientras se ducha por tercera vez en el día.

III
Se toman de las manos.
            Casi inmediatamente ella le suelta para limpiar en la pernera del escaso short  la mezcla de sus sudores de su palma, le sonríe disculpándose.
            Él pasa el brazo sobre sus hombros desnudos, ella le rodea la cintura con el suyo. Dan tres o cuatro pasos así, hasta que él se retira abrumado por el bochorno de la cercanía, le sonríe disculpándose.
            Acalorados, siguen caminando uno al lado del otro, separados por el justo espacio para que la casi inexistente brisa circule entre ellos... De vez en cuando se miran entre sí, sonriéndose.

IV
La gata se levanta, camina a través de la habitación escuchando el distante ruido de la ducha... Imponiéndose al bochorno y haciendo un esfuerzo sobrefelino, alcanza la ventana abierta de par en par... No, el aire libre no es más fresco que el interior de la habitación.
            Mira hacia atrás, el ventilador de pedestal sigue quieto; mudo sin nada que le alimente... Bufa y con un salto alcanza el borde de la barda vecina. Levanta la nariz para orientarse, localiza el olor que busca y empieza caminar en esa dirección.

V
Saliendo de la escuela, la niña pasa por el parque.
            Recuerda que su padre no llegará a casa sino hasta una o dos horas después que ella... Mira el parque y la promesa de frescura de la sombra de los árboles.
            Desvía su camino.
            Salta la ridícula cerca que separa las áreas verdes del camino y pasa al lado del desgastado letrero que advierte sobre la prohibición de pasear mascotas y pisar el césped.
            Tiende su suéter bajo un árbol y, mientras se recuesta sobre él, mira a un pareja que pasea por la acera de enfrente, mirándose mutuamente pero demasiado acalorados como para tocarse.
            Desvía la mirada hacia las hojas del árbol y agradece la suave brisa que de pronto empieza a soplar y se cuela por debajo de su falda... Una gata negra llega bajo la misma sombra, se estira perezosa y se tiende a su lado.

Mario Stalin Rodríguez

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