miércoles, mayo 11, 2016

POSESIÓN

Quizá es que el demonio entró en ella, como suele suceder en estos casos, por los ojos. Tal vez vio algo extraño en su camino diario; algo que no estaba ahí los otros días... En todo caso, aquella noche, en su casa, todo cambió.
            Sólo fue una palabra, dicha en el más inesperado de los momentos. Él, como todas las noches, le hablaba de su día y sus negocios, de las personas que había encontrado y los tratos que había cerrado. Como todas las noches, él iba pidiendo una a una sus necesidades y esperaba que fueran atendidas.
            Esa noche, ella lo miro y sólo dijo una palabra: No.

Una palabra marcó el inicio... Y las palabras lo continuaron.
            Al otro día ella salió, como casi todos los días, a encontrarse con las otras mujeres; las mismas que cada día y cada noche atendían a sus maridos, padres, hermanos y varones de la familia y conocidos en sus casas. Las mismas que sólo hablaban cuando se les hablaba, las que recibían con una sonrisa cada requerimiento que debían cumplir... A todas ellas les habló.
            Y las palabras fueron pasando de mujer en mujer; susurradas en los rincones apartados donde ellas se reunían.
            Hablaban de cosas nuevas; poder de decisión, libertad, derechos sobre sus vidas y cuerpos... Con las palabras viajaba el demonio y cada noche en más casas, la palabra era repetida cada vez por más mujeres: No.

Y las apalabras encontraron cobijo también en los lugares más inesperados.
            Algunos varones escucharon y comprendieron... Y el demonio también habitó en ellos...

Pronto los varones libres del demonio empezaron a preocuparse.
            Se reunieron en los salones del poder y los negocios, en las casas de la justicia y las decisiones; en el palacio de gobierno. Empezaron a preguntarse y a investigar… Y llegaron a ella; a la primer mujer que dijo no.
            Y aquella mañana, cuando ella salía, como todos los días, a reunirse con las otras mujeres; la apresaron... La llevaron al palacio de gobierno, la torturaron, la juzgaron y la encontraron culpable de estar poseída por el demonio. Al día siguiente, sentenciaron, sería ejecutada.

Y aquella noche, poco a poco, en silencio, las mujeres empezaron a salir de sus casas... Incluso algunos varones las acompañaban.
            No hubo ningún plan; la decisión no se tomó en ninguna reunión secreta. Sólo empezaron a salir de sus casas, en el camino iban tomando palos, azadones, picos, palas y antorchas... Y se dirigieron al palacio de gobierno.

Mario Stalin Rodríguez

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