miércoles, septiembre 14, 2016

DEL COSMOS, EL INFINITO

y otras cosas igual de pequeñas

Ella descubrió el cosmos en una revista.
            Fue una noche, después de una pelea; él yacía dormido después del enfrentamiento, roncaba. Ella estaba en un rincón, lloraba y se sobaba los golpes, como siempre, algunos más que la vez pasada... Sí, esa que, como siempre, él había jurado que sería la última.
            Siempre había algo; un mal día en la fábrica, el dinero no alcanza, una compra que no él no entendía, un tipo que la había visto de más en la calle, saludar a un amigo que ella no había visto en mucho tiempo... Siempre había algo y siempre había otra vez que, como siempre, él juraba que sería la última.

Y llegó la noche en que ella descubrió el cosmos.
            Se quedó ojeando la revista buena parte de la noche hasta que, finalmente, se quedó dormida en el sofá; adolorida, lejos de él.
            Como cada vez, como siempre que él juraba que sería la última vez, la despertó con cariño y le preparó el desayuno. Nada demasiado elaborado; unos simples chilaquiles aderezados con toda su culpa y supuesto arrepentimiento.
            Como cada vez, como siempre que él juraba que sería la última vez, lo despidió con una sonrisa triste cuando se fue hacia la fábrica... Pero esta vez, al contrario de todas las otras veces, ella no se quedó en casa tratando de justificarlo ante sí misma.
            No, porque aquella noche ella había descubierto el cosmos.

Salió de casa y con sus escasos ahorros se dirigió a una librería.
            Compró libros sobre el cosmos y el infinito, sobre las dinámicas planetarias y la ley de gravitación universal, sobre galaxias en espiral y agujeros negros; sobre años luz y exploración espacial... Y regresó a su casa y los guardó, escondidos, donde él nunca los encontraría.
            Y, desde entonces, cada noche se refugiaba en el cosmos.
            Cuando el llegaba cansado y se dormía poco después de cenar sin si quiera tocarla. Cuando regresaba alegre y la llenaba de caricias que ella respondía más por reflejo que por deseo... Y se quedaba dormido, exhausto, mientras ella deseaba secretamente ser estéril.
            Cada noche, cada mañana que él se marchaba a la fábrica, ella se perdía en el cosmos.

Pero el cosmos resultaba un refugio pequeño cada vez que el juraba que sería la última vez.
            El infinito resultaba diminuto cuando, adolorida, se acurrucaba en algún rincón de la casa, sobándose los golpes... Como siempre, algunos más que la vez pasada que él juró que sería la última vez.
            La gravitación universal no aliviaba el dolor, como tampoco lo aliviaban los chilaquiles que él, arrepentido, le preparaba a la mañana siguiente...
            No, el cosmos no era suficiente para esconderse de sí misma y su martirio... El infinito resultaba pequeño y liviano; nada comparado con el cuchillo que aquella noche, sin pensarlo, sostuvo en su mano...

Como sucede con los desaparecidos en este país, nunca fue encontrado.
            El seguro de vida que mes a mes le descontaban del sueldo resultó escueto, más pequeño de lo que esperaba; pero era mucho más dinero del que él le proporcionaba mes a mes.
            Cambió la cama donde él la llenaba de su semilla y tiró el sofá donde ella dormía cada noche que el juraba que sería la última vez. Se deshizo de la estufa donde él preparaba sus chilaquiles de disculpa y compró mucho otros libros sobre el cosmos y el infinito.
            Con el dinero sobrante rentó un local cercano a la fábrica donde él trabajaba y pensó en abrir un desayunador… Y, con una sonrisa que hacía mucho no pintaba en su rostro, pensó en ponerle un nombre rimbombante; “chilaquiles cósmicos” o algo así de ridículo… Y pintaría las paredes con galaxias y planetas.

Mario Stalin Rodríguez

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