jueves, noviembre 28, 2013

MANCERA EN SU LABERINTO 01

Sí, vale, la imagen NO es mía... ¿QUé puedo decirles? Yo es que la suscribo al 100%.

Conviene detenerse en un poco en lo que ha representado, para los habitantes del Distrito Federal, el primer año de la administración de Miguel Ángel Mancera en el gobierno de la capital.
            Mancera, cuarto gobernante emanado de las filas del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en ocupar la Jefatura de Gobierno de la ciudad de México, parece dedicado, no tanto a garantizar la continuidad de las políticas sociales que habían caracterizado a las administraciones de la capital desde la toma de posición de Cuauhtémoc Cárdenas en 1997, como a asegurar el fin del ciclo de los gobiernos progresistas en esta ciudad.
            Si bien nadie puede llamarse a la sorpresa, pues desde el principio, era evidente que el antiguo titular de la Secretaría de Seguridad Pública del DF llegaba como abanderado de lo peor de la administración de Marcelo Ebrard; sí llama la atención la gran magnitud de la escalada en la desconexión del presente gobierno y sus electores.
            Incluso desde antes del inicio formal de su administración, Mancera dio muestras claras de lo que sería su tónica de gobierno. Una versión bastante aceptada, ubica a éste y no a su predecesor, como el responsable del operativo que las autoridades capitalinas montaron junto a las fuerzas federales el 1° de Diciembre de 2012, durante la toma de posición de Enrique Peña Nieto; cuatro días antes del cambio formal de poderes en la capital de la República.
            Desde entonces, la escalada represiva ha sido evidente.
            No se trata sólo de que, de pronto y desde la visión oficial, las manifestaciones hayan pasado de ser una manifestación válida del descontento popular a reuniones de protodelincuentes, sino que pareciera que las fuerzas policiales hayan recibido carta blanca en tanto al uso indiscriminado de los toletes y la aprehensión indiscriminada. Esto queda de manifiesto en la última modificación a las leyes de la capital, en la cual se penaliza la “violencia durante las manifestaciones”, dejando en la más completa ambigüedad qué se entiende por ésta.
            En los hechos, dichas reformas parecen más encaminadas a proteger a los policías capitalinos de hacerse responsables de sus excesos represivos que a, efectivamente, regular las manifestaciones en las calles de la ciudad (como si la pretensión de “regular el derecho de manifestación”, no fuera ya de entrada un síntoma lo suficientemente preocupante).
            El punto aquí es que Mancera parecería, entonces, más preocupado por satisfacer las exigencias de la administración federal y los poderes fácticos representados, en buena medida, por el duopolio televisivo, que en entender y atender los motivos del descontento social.
            Y sobre ello, se ahondará...


Mario Stalin Rodríguez

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